Cuando el catalán era inocente y no tenía espinas

Farragüas, Los Pijoaparte

De poesías y charnegos.

Sé que me estoy metiendo en un berenjenal y saldré esquilado de estas letras.

El jefe de este cotarro, el que me paga generosamente por cada cartita de estas, se ha puesto melancólico y el otro día colgó una poesía de Gil de Biedma. Conste que yo he leído a Gil de Biedma; algo, no mucho. Bueno, ya saben, en la época del PSUC, el eurocomunismo y Marsé y las últimas tardes con Teresa, y allí estaba su amigo, un burgués arrepentido que cruzó de acera, no solo en lo sexual sino también en lo social. Mejor dicho, en lo político. Yo creo que siguió viviendo como un burgués, otra cosa es que renegó de esos orígenes. En fin, para no enrollarme más, era de izquierdas pero no tonto: gauche divine

Volviendo a la poesía del susodicho, busco y releo una que llamó mi atención por contradictoria o por mi falta de comprensión entonces: “Barcelona ja no és bona” (1966, año en que yo aterrizo en el Carmelo).  Sus dos últimas estrofas:

Sólo montaña arriba, cerca ya del castillo,
de sus fosos quemados por los fusilamientos,
dan señales de vida los murcianos.
Y yo subo despacio por las escalinatas
sintiéndome observado, tropezando en las piedras
en donde las higueras agarran sus raíces,
mientras oigo a estos chavas nacidos en el Sur
hablarse en catalán, y pienso, a un mismo tiempo,
en mi pasado y en su porvenir.

Sean ellos sin más preparación
que su instinto de vida
más fuertes al final que el patrón que les paga
y que el salta-taulells que les desprecia:
que la ciudad les pertenezca un día.
Como les pertenece esta montaña,
este despedazado anfiteatro
de las nostalgias de una burguesía.

Está claro que esos murcianos somos todos los charnegos, pero no es seguro que esos “chavas” hablasen entre ellos catalán. En realidad, esta poesía sintetiza de manera sublime el proyecto psuquero de integración de los inmigrantes en su catalanismo popular. Indiscutible la bondad de los deseos de Gil de Biedma de que la ciudad, y Cataluña, pertenezcan algún día a esa charnegada, pero al fin y al cabo no deja de ser un planteamiento paternalista muy cercano al de las Teresas y los pijoflautas de los que hablábamos el otro día.

Es difícil que hablaran en catalán porque en ese año solo se podía estudiar en catalán en escuelas privadas —justo al revés que ahora—, y los chavales a quienes hace referencia pertenecerían seguramente a las chabolas de Can Tunis u otro enclave cercano.

Finalmente, el sueño de acabar con la burguesía y que los charnegos se hicieran con el poder en esta Barcelona, es un sueño frustrado y errado en su concepción. Ada Colau puede colocar placas en Can Tunis, pero ella no es uno de aquellos chavas de Montjuïc. Ella no deja de ser una pijoflauta con un proyecto identitario y catalanista. ¡Siempre salvándonos de nuestro pecado original… ser charnegos!

Recuerdo uno de mis primeros trabajos en una oficina en el barrio de Gracia, tenía 14 años (Franco seguía vivo). Me cogieron de botones porque mi madre limpiaba en casa de uno de los jefes. Todos los jefes hablaban en catalán. Dadas mis ganas de entrar en el mundo adulto, y esa “apariencia” de escapar del barrio, quise sumarme al grupo de hablantes de catalán.

Mi interés por hablar catalán no fue recibido con mucha alegría por sus que habituales. Las puyas y manifiestos desprecios me hicieron concluir que no les interesaba que un charneguito se colase en su selecto club. El catalán era un símbolo de clase, de clase superior.

Luego, más tarde, vendrían los tiempos de “llibertat, amnistia i estatut d’autonomia”. Yo ya había estado en alguna reunión de comisiones obreras, en alguna iglesia, y en el barrio la Asociación de Vecinos era un hervidero de los partidos políticos ilegales.

Contrastaba la actitud de mis antiguos compañeros con el proceso que en los ochenta se inicio con la inmersión lingüística. “Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su propia perplejidad, destruiría Cataluña”, decía Jordi Pujol refiriéndose a los andaluces —fino él, no quiso usar el apelativo “charnegos”—. ¿Y cómo solucionar ese problema, el de la democracia y la demografía? Fácil: dado que la demografía es difícilmente controlable, aunque se intente, la cosa está, pues, en gestionar la democracia —algo más sencillo teniendo los medios (aparatos ideológicos del estado decían los marxistas)— haciendo que todos asuman la identidad dominante en Cataluña —dominante en un sentido gramsiano (¡jo, con las clases de eurocomunismo!, ¡lo que dan de sí!)— que no es, ni debe ser, otra que el catalanismo; la graduación de ese catalanismo se adaptará a cada momento histórico según convenga.

El pujolismo cambió el chip consciente de que si no incorporaba a los charnegos al proyecto nacional-catalanista no conseguiría ese dominio y compró el proyecto de integración psuquera. En realidad el PSUC, cómo no, era parte integrante del proyecto; nada tan inteligente por parte del catalanismo como repartir a sus vástagos por las direcciones de todos los partidos políticos de Cataluña. Y eso es así, aunque duela, y aunque la mayoría de sus militantes y votantes fueran charnegos. López Raimundo fue secretario general del PSUC tras su legalización y él mismo asumía su posición subalterna ya que era maño y por ello consideraba que el puesto tenía que ocuparlo otro con más pedigrí. El caso del PSC no es muy distinto.

Algún día esos partidos tendrán que revisar críticamente su papel en la deriva a la que tanta insensatez nos ha arrastrado.

¡Uf, qué rollo! Si yo solo quería contaros una anécdota sobre la integración catalana; lo que pasa es que con eso de que tengo que meter algo de “cultureta”, se me ha ido de las manos….

En fin, a lo que iba. Hace ya algunos años, no sé cómo ni porqué, acabé en una fiesta en un piso del Ensanche, por Sagrada Familia. Había muchas pibas hablando un catalán prosopopéyico, así pues, saqué a relucir mi catalán de Girona como gancho. Al poco estaba en animada charla con una jaca de buen ver y que daban ganas de comerle la boca, aparte de por lo rica que estaba, para que parara de hablar de las esencias y las diferencias. No puedo quejarme pues acabamos, no sé cómo, creo que no era su casa, en una habitación, en una cama inmensa y alta, follando como descosíos. Dada mi naturaleza a soltar burradas en la lengua cervantina en esas circunstancias, me contuve emitiendo tan solo resoplidos y jadeos, eso sí, en catalán. Ella, locuaz como era, combinaba jadeos y comentarios sobre lo rico que se lo estaba pasando, en la lengua de Pompeu. Hasta que en las embestidas finales no pudo reprimirse y soltó un “¡Madre del amor hermoso!”, que remató, ya en caída, con un “¡Me matas, me matas!”, todo en un prístino castellano de Valladolid. Maravilloso encuentro de dos pijoaparte despistados.

Con Dios.

Farragüas

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