A todos digo sí

Ben Trovato, El Boquica, Okupas Ilustrados

Al final, no fui a votar. Eso sí, la noche previa a las elecciones, vi a algunos de los candidatos. Vendí, además, pollos como si estuviese en el mercado anual de ganado de Medina del Campo. Una alegría, nene. Tres, cinco, 180 euros, 300 euros.

Si os cuento que no fui a votar, es porque no nos conocemos personalmente.  A los otros, con los que trato, gente del Eixample y Gracia, de Sagrera y Sarría, les digo que sí, naturalmente, que fui y que estoy por los ayuntamientos del cambio y las alcaldesas sencillas que ostentan el cetro por el bien de la escoria incapaz de gobernarse. Bueno, la última parte la pienso, pero no la verbalizo; soy comerciante.

Los conozco a todos, los de los escolapios de Balmes y visitas a Montserrat, independientemente independientes…gracias al colchón con el que nacieron cuando nacieron al norte de la Diagonal, muy de izquierdas y muy flexitarianos. ¿Cómo negarse ante ese pedacito mantequilloso de Kobe? Además, con su dinero de sus sueldos públicos o subvencionados se lo pagan, pobrecicos míos. Conozco a los del polo planchado, con los dientes exactos en el cocodrilo, y a los que calzan salomon de 180 euros y un estampado ácrata en la camiseta.

Podría seguir enumerando, describiendo, ridiculizando, pues no son más que insectos poseídos por la codicia, basta decir que son todos iguales. No me creo a ninguno y a todos les digo que sí con la cabeza, mientas les deslizo la papela y cojo los billetes arrugados con mimo. La mayor parte de ellos sale corriendo, coge el coche estacionado en doble fila y vuelve a sus presentaciones de libros, a sus cabinas de radio. Los menos, los más débiles, se excusan y parten al lavabo. No pueden evitar, al salir, darse toquecitos en las fosas nasales, intentando hacer desaparecer imaginarias motas, mientras empieza el batiburrillo mental que les dará la ilusión de ser el más agudo de todos los presentes, en la presentación del libro o en la cabina de radio, durante veinte o veinticinco minutos. Estos últimos, al igual que los que corren al coche, como alma en pena o vendedor del top manta ante un mosso, se harán otra antes de bajar del coche. Las primeras, de sobras es conocido, son las mejores.

O eso dicen, a mí no me pillán, yo no caigo. Ya cayeron bastantes con la heroína, como moscas cayeron en el barrio en los ochenta. Cayó mi hermano, cayeron muchos de sus amigos. Tanto luchar para tener un piso con lavabo, bañera y bidé, para después encontrarte a tu hijo bloqueando la puerta de entrada del maldito lavabo, muerto, con la aguja clavada en la piel. ¿Cómo no añorar, como lo hace mi madre, la higuera sombreando la barraca, sentir el aire acariciando las manos y la vista de la ciudad a tus pies? Cómo no añorar el Carmelo. Territorio mítico del desarraigo.

Algunas de las pandillas de chavales desaparecieron por completo, en los ochenta. Por disparos, en una persecución; en los primeros años del sida, fulminados sin comprender qué era esa serpiente que los consumía; apuñalados,  siendo reclusos.

La de los Pijoaparte, sin embargo, sobrevive. Completa. Bueno, casi completa. Quien pasó esa época nunca volverá a estarlo, nunca volverá a sentirse una persona completa. Tan imprevista, aberrante y sin anestesia fue la amputación vivida, que las que vinieron después las sufrieron cuerpos inertes. Como pudimos, sobrevivimos a aquellos años, pero lo hicimos tan heridos que, cuando nos quisimos dar cuenta de que hasta la palabra con la que nombrábamos las cosas se nos había arrebatado, no fuimos capaces de reclamar su vuelta.

En ellos me apoyo.  En los Pijoaparte, digo. Conocen a todo el mundo. Han estado ya en todos los sitios y, como me tienen cariño, no permiten que me meta hostias contra los muros contra los que ellos ya se rompieron la crisma.

Por cierto, no creo haberme presentado, soy El Boquica, la hermana putativa de los Pijoaparte.

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