El misterioso caso de la congresista asesinada

Ben Trovato, John LeCarmel, Okupas Ilustrados

Por John LeCarmel

Aquel día, Philip Dickinson sabía que no iba a ser precisamente uno de los mejores de su vida.

– No sé qué demonios haces aquí, Phil –le espetó Frank MacGurtel, el áspero y fiel ayudante del fiscal del distrito–. Ya te hemos dicho que aquí no pintáis nada, ni tú, ni la brigada de homicidios. La senadora Hayworth ha muerto de un infarto, no asesinada. Así que ya te puedes volver por donde has venido.

Phil se rascó la cabeza, dio un par de vueltas alrededor de la cama donde había aparecido sin vida el cuerpo de la popular congresista, y se sacó un lápiz y una libretita Ikea del bolsillo de su raída gabardina.

– Sí, ya lo sé, pero mi mujer siempre me dice que desconfíe de lo obvio… Y además, ella siempre ha sido una gran admiradora del estilo directo y campechano de la senadora.

No sé qué demonios haces aquí, Phil –le espetó Frank MacGurtel, el áspero y fiel ayudante del fiscal del distrito–. La senadora Hayworth ha muerto de un infarto, no asesinada.

El ayudante del fiscal se metió las manos en los bolsillos de los pantalones, y miró al comisario con severidad y desaprobación, no exentas de cierto desdén clasista.

– A ver, repasemos los datos –continuó el desaliñado pero insistente comisario, mientras escrutaba los apretados garabatos de su libretita-. Según nos ha contado su secretaria personal, la senadora salió esta tarde de su residencia en Genevieve Street y se dirigió al famoso local Lolita’s Boys, desde donde debió venir a este sórdido motel de carretera, presumiblemente acompañada…

– ¡Eso es una presunción sin fundamento, que dañaría gravemente la memoria de la difunta senadora! –exclamó MacGurtel, esgrimiendo su dedo amenazadoramente contra Phil.

– Bueno, pero tenemos el testimonio del conserje, que afirma haberla visto entrar acompañada por ese fornido gañán, Rufus McGabriel…

El ayudante del fiscal se encogió triunfalmente de hombros con las manos extendidas, mostrando la superioridad de su razonamiento ante el insistente policía.

– Bien, pues ello explicaría que su corazón no hubiese resistido, tratándose de un joven aparentemente tan bien dotado y provisto de tanta energía, aunque quizá de no tanto buen juicio… ¡Fin del misterio, y caso cerrado! Y evidentemente, guardar discreción sobre los discutibles gustos de la senadora…

– Claro, claro… Pero no dejo de pensar en las coincidencias.

– ¿Las coincidencias? –MacGurtel volvió a arrugar en entrecejo, evidentemente disgustado.

– Sí, las coincidencias… La senadora tenía que acudir esta semana ante el Gran Jurado, a declarar por sus presuntas implicaciones en el escándalo de los sobornos de la Sun Valley & Falcon Crest Incorporated

Por supuesto, Frank, tienes razón. Pero no dejo de pensar que, tanto si la senadora ha sido como si no asesinada, esta noche respirarán muchos aliviados, en ciertas altas esferas…

MacGurtel no dijo nada, pero su censora mirada indicaba claramente que Dickinson transitaba por terreno resbaladizo.

– Y además, está lo de las otras muertes… –Esta vez la expresión de MacGurtel no pudo ya disimular su alarma– La del fiscal de Sacramento que comenzó a investigar los sobornos… La del concejal Matthews, de quien se sospechaba que también estaba implicado… La del contable Burt Bartens, que amenazaba con tirar de la manta si le metían en la cárcel…

– ¡Frank, eso que estás insinuando podría costarte muy caro! –MacGurtel estalló con una ira aparentemente irreprimible, antes de hacer un esfuerzo para volver a tranquilizarse– Todas esas de las que hablas fueron muertes naturales, o resultado de fatídicos accidentes del todo inevitables… ¡Pero sobre todo, no divulguemos especulaciones sin fundamento!

– Por supuesto, Frank, tienes razón… –el comisario volvía a rascarse la cabeza, con la mirada perdida por la habitación del motel– Pero no dejo de pensar que, tanto si la senadora ha sido como si no asesinada, esta noche respirarán muchos aliviados, en ciertas altas esferas…

– ¡Comisario, comisario! –en ese momento entraba gritando y gesticulando el sargento Catarella por la puerta, mientras sostenía un pequeño magnetófono en su mano– Hemos comprobado que la senadora telefoneó a los servicios de emergencias, justo antes de su muerte ¡Y aquí tenemos la grabación de la llamada…!

Inmediatamente se oyó en la habitación la voz entrecortada y jadeante de la congresista: “¡Aaaag… Aaaag… El caloret… El caloret…!”

Dickinson cogió el pequeño aparato y, tras rebobinar la cinta, accionó el botón del Play. Inmediatamente, se oyó en la habitación la voz entrecortada y jadeante de la congresista, mascullando de forma casi ininteligible:

– ¡Aaaag… Aaaag… El caloretEl caloret…!

Y en ese momento tuvo la inexplicable pero abrumadora certeza de que el misterio de aquella muerte quedaría, para siempre, sin ser solucionado.

(Nota de la Dirección)
Todas las situaciones y personajes que aparecen en este relato son completamente ficticios e imaginarios, del mismo modo que lo es la localidad de Campoamargo. Cualquier parecido con situaciones o personas reales, vivas o muertas, es pura coincidencia. Y si de algo somos culpables, en el peor de los casos, es de nuestra charnega irreverencia.

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