En brazos de la Cifuentes madura, o El becario de Vistalegre.

Ben Trovato, John LeCarmel, Okupas Ilustrados

Un relato de John LeCarmel.

“Íñigo se había quedado con mal sabor de boca; tendría que disputar aquel cargo con una veterana avispada”

Aquel, para Íñigo, había sido un día de mierda. Al final, el tribunal que tenía que asignar la plaza a la que él aspiraba en propiedad –y que estaba interinamente ocupando desde hacía ya un par de años– había acabado por dársela a aquella especie de Stephen Hawking argentino que acababa de llegar de Zaragoza. ¡Menudo enchufado! Y eso que Íñigo no sólo se lo había currado a tope, sino que además el presidente del tribunal era su amigo Pablo, que tantos favores le debía. Bueno, amigo… ¡más que amigos! Con aquellos picos que se daban, y aquellos piropos que se tiraban en público… Besos de Judas, eso es lo que habían sido.

Eso sí; se ve que no habían querido que se marchara del todo cabreado y resentido con ellos, por si le daba por airear algún chanchullo o hacerles cualquier otro tipo de jugarreta, y por eso le habían medio prometido que, a lo mejor, podía haber alguna otra cosilla para él; una plaza bien remunerada, vistosa, y sin excesiva carga de trabajo, en la Administración Autonómica, que tenía que salir a oferta pública en cosa de un par de años. Porque ya se sabe que en estas organizaciones piramidales, jerárquicas y un poco cesarianas, a los de arriba les interesa crear subordinados, pero no enemigos…

Pero se había quedado con mal regusto de boca. Y no sólo porque no era aquél el puesto que él de verdad quería, y porque en el mejor de los caso tendría aún que esperar casi dos años para ocuparlo; sino porque, además, se lo iba a tener que disputar con una avispada veterana, con experiencia en el cargo, que no se lo iba a poner nada fácil.

– ¡No, tranquilo…! –le había dicho Irene, la nueva novia de Pablo, y a la que también habían colocado muy bien en el nuevo organigrama– Eso está chupado, tenemos todos los apoyos necesarios para que esa plaza sea nuestra. O sea, tuya. La otra no tiene nada que hacer, es una friki  y una outsider a la que no apoyan ni los suyos, están deseando quitársela de encima porque no hace más que tocarles los cojones…

– Vaya, un poco como yo, ¿no…? –le contestó Íñigo, con un punto de resentimiento a medio camino entre lo personal y lo profesional. Irene se sonrojó ligeramente y tartamudeó un poco, antes de responderle– ¡No, hombre, qué me dices…! Tú ya sabes que a ti aquí te quiere todo el mundo, y que lo de darle tu plaza al de la silla ha sido, más que nada, un tema de discriminación positiva, y para que se vea a la legua que a “progres” no nos gana nadie… Que le hayas estado llevando la contraria a Pablo en público estos últimos meses no ha tenido ninguna importancia, ya sabes que nosotros siempre hemos respetado la discrepancia, y las cosas que te dijo Juan Carlos el otro día no tienes que tenérselas en cuenta; se ve que se había estado tomando unos “finos” con su colega “el Kichi” en la bodeguilla del ayuntamiento, y se le había calentado un poco la boca… Pero en el fondo, ya sabes que él también te aprecia…

Íñigo recibió en la cara el aire fresco de la tarde y, tras acariciar como de costumbre a uno de los leones de la entrada, bajó la escalinata para llegar a la calle. Y entonces, llegó ella.

La moto se subió a la acera casi sin tocar el bordillo, como sólo un experto en moto-cross podría conseguir que hiciera, e Íñigo tuvo que frenar en seco para no darse con ella de bruces. Enseguida cesó el ronroneo del motor y la mujer se quitó el casco, liberando su rubia coleta, que sacudió a izquierda y derecha en un gesto tan juvenil como sugerente. Y aunque las finas arrugas en torno a los ojos dejaban a las claras que ya no era ninguna niña, el negro mono de motorista ceñía admirablemente una figura delgada, flexible y bien torneada, en la que era imposible no fijarse. Íñigo pensó que aquella rubia podía perfectamente ser su madre, pero aún así…

Ella le miró, entornando sus ojitos con picardía.

– Vaya… ¿Así que tú eres Íñigo? Me habían hablado mucho de ti. ¿Quieres que demos una vuelta? Anda, ven, que te voy a enseñar la Cibeles como me parece que nunca debes haberla visto…

“En cada curva tenía que volver a apretar su cuerpo contra el de la desconocida, sintiendo que le recorría de arriba abajo una especie de temblor enfebrecido”

Íñigo miró hacia todos lados para asegurarse de que la sofisticada rubia hablaba realmente con él; cosa que era del todo evidente porque, por allí cerca, no había ningún otro Íñigo. Finalmente, azorado hasta la médula, y sintiendo que se le empañaban del sofoco las gafitas de estudiante aplicado que siempre llevaba, tomó el casco que la mujer le ofrecía, y montó tras ella en la moto. Arrancaron con un estampido, y se tuvo que agarrar para no caerse.

La moto se escoraba en cada curva a izquierda y derecha, y en cada una de ellas Íñigo tenía que volver a apretarse contra el cuerpo de la desconocida, sintiendo, junto a la vibración del motor y la del viento que agitaba sus ropas, un temblor que le nacía a él en el vientre y le recorría de arriba abajo, haciendo que los dientes le castañetearan, como cuando tenía fiebre.

Finalmente la moto se detuvo, ante el portal de un edificio elegante en una calle discreta y no muy concurrida. Ella desmontó con agilidad, y le preguntó con una sonrisa:

– ¿Vienes…?

Él la siguió, como en trance, y entraron en el apartamento. Cuando llegaron al dormitorio, ella le abrazó por detrás y comenzó a desabrocharle la camisa, despacio pero con decisión, mientras acariciaba con sus dedos, dulcemente, el estrecho pecho lampiño, y apretaba cálidamente su cuerpo contra la escurrida espalda.

– Y ahora, vamos a jugar un poco…

Íñigo se dejó llevar. Y al cabo de unos momentos, sin saber cómo, se encontró vestido únicamente con unos calzoncillos, tumbado boca arriba, y con las manos esposadas a los barrotes de una lujosa cama. Entonces ella se cruzó de brazos, le miró con unos ojos chispeantes de inteligencia, y le preguntó con ironía:

– ¿Pero de verdad te pensabas que me ibas a quitar tú a mí el cargo… piltrafilla?

Y se marchó, cerrando la puerta y dejándole a él amarrado a la cama.

Íñigo, cuando por fin recuperó el habla, tan sólo pudo exclamar:

– ¡¡Pablo… cabrón… Me cago en tus Consejos Ciudadanos!!

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