La Conjura. Una aventura de Celibato Cascajo.

Ben Trovato, Okupas Ilustrados

“Tienes razón”, afirmó Puigdemont. “Pensábamos que Rajoy era un gilipollas, pero ha resultado ser una mente preclara y sagaz. ¡Tenemos que cargárnoslo!”

En un tugurio de la fraternal capital catalana se reunían tres personajes de la alta política del Procés: Romeva, Puigdemont y Jonqueres.

Ataviados de ropajes no habituales en sus agendas intentaban pasar desapercibidos en el interior de aquella zahúrda, llamada vilmente bar, mientras la parroquia de desarrapados y gente de mal vivir que había en el recinto no les hacía ni puto caso.

Jonqueres, vestido para la ocasión con unos leggins de rayas, camisetilla Inside, con un “I love BCN”, y chalequillo tejano, más parecía un Obélix gay que no el intento de turista de serie B, tan común en nuestras costas de Lloret, que deseaba aparentar su pérfida intención. Vestido de heavy, Puigdemont, con “chupa” de cuero y  camiseta de Metallica, no hacía más que echarse mano al escroto y decir en voz baja: “Em pessiguen els ous”. Romeva iba vestido de cantante de Village People y no paraba de hacer mohines y suspiros por lo incómodo de la situación.

Cuando les pareció que nadie les miraba rompió el hielo el President:

Puigdemont: Hauríem d’anar per feina no? Tinc paddel amb un amic a tres quarts de set.

Jonqueres: No hables en catalán, collons, que esta gente no está acostumbrada –dijo remarcando la ele como chupando un helado.

Romeva ladeó la cabeza ofreciendo su perfil de guapo de cojones, y abordó la situación con la entereza que le caracteriza.

Romeva: Tenemos un obstáculo en nuestro camino hacia el Procés, una barrera infranqueable que nos impide llegar a Ítaca.

Puigdemont: Tienes razón. Pensábamos que Rajoy era un gilipollas, una marioneta de Ansar, pero ha resultado ser una mente preclara y sagaz. No hay manera de engañarle, usa los tribunales, la financiación del AVE y esa retranca gallega para ponernos en contra de todo el mundo. Además está acabando con todos los precursores del “moviment català”: Mas,  Pujol, Homs, Forcadell, Messi…

Romeva, al que una octogenaria picassiana le había guiñado un ojo y le hacía gestos procaces con la lengua, salió de su azoramiento (provocado por una leve erección) y sentenció gritando:

“Hay que cargarse a ese facha de Rajoy”

Los tres miraron hacia el local buscando quien pudiera haber escuchado semejante barbaridad.

Nadie reparó en ellos, toda la barahúnda de gente seguía con sus conversaciones sobre demografía y valores en bolsa, ajenos a lo que se estaba cociendo en aquella siniestra mesa de nuestros tres protagonistas.

Jonqueres: ¿Estás loco? ¿Quieres que el Procés se manche de sangre? Ése no es el itinerario que queremos los catalufos de pro.

Romeva: Excusadme, I’m sorry, je suis desolé. Solo quería decir que hay un modo de quitar de en medio a Rajoy, sin matarle, claro…

Puigdemont: Habla, que me estoy poniendo palote de pensar en quitarnos de encima a ese anticatalán.

Romeva: He contactado por Facebook con un ex agente secreto del Servicio de Inteligencia andorrano. Tiene una página genial de pasteles y cookies. Hablando de recetas con él por el Messenger llegué a saber que es catalán, no de pura cepa ya que la madre era de Huesca, que está por la independencia de Catalunya y que le gustaría echar una mano.

Jonqueres: ¿Le has investigado? No sea un infiltrado del PP.

Romeva: ¡Claro! No soy novato. Miré en su perfil de Facebook y no tenía amigos sospechosos. Me dijo que, por su antigua profesión, tiene un montón de contactos en diferentes servicios de inteligencia. Tiene el modo de infiltrarse en el servicio de seguridad de Rajoy y perpetrar un atentado que no le mate ni le haga peligrar su vida, pero le inhabilite para el ejercicio de la política con la mano de hierro que le caracteriza.

Los otros dos le miraron perplejos, azorados ambos por la euforia y porque la octogenaria se había acercado ofreciendo sus servicios para hacer un achurrupaílla a los tres por un modesto precio.

Allí mismo Romeva realizó una breve llamada. A los 10 minutos irrumpió por la puerta un armario empotrado, mínimo 1,95 de pura masa muscular. Iba vestido como un chuloputas, camisa ajustada y pantalón marcando moniato. Lucía una mirada lacerante que fundía los plomos al que le miraba. La vieja rijosa aplaudía mientras se relamía ruidosamente la comisura de los labios. Los tres políticos estupefactos miraban de hito en hito al adonis. Romeva, con los ojos chispeantes, cayó en un momentáneo trance como Santa Teresa.

Se presentó con un cortante: soy Celibato Cascajo, ex agente de la OSTIA.

Romeva soltó una risita nerviosa. Le dijo: ¡Vaya nombre más cutre y la facha que lleva! Y no le falta modestia, agente de la hostia, ¿tan bueno se cree que es?

C.C: A ver Don Limpio, no me llamo así, es mi nombre en clave. Y mi atuendo es porque este tugurio es una casa de putas y debo pasar desapercibido. No te afostio la cara esa que tienes de Yul Briner pijo por no ofender al sr. Jonqueres al que admiro. Y es la OSTIA, sin hache, Organización Secreta Terrenal Internacional y Andorrana.

Tranquilos –terció Puigdemont– Estamos por negocios.

Celibato diseccionó el plan minuciosamente. Se trataba en síntesis de infiltrarse en la seguridad de Moncloa, envenenar a Rajoy con una droga especial a base de Viagra y almidón y, con ello, conseguir que su liderazgo en el PP se fuese al garete. Cascajo ya lo había probado en un país africano y el líder al que drogaron acabó encarcelado por violar y sodomizar una colonia de gorilas en la frontera del Congo.

Cerraron cifras y Celibato se esfumó dejando a Romeva sollozando y a la vieja rijosa aún más rijosa.

Se trataba en síntesis de infiltrarse en la seguridad de Moncloa, envenenar a Rajoy con una droga especial a base de almidón y Viagra, y conseguir con ello que su liderazgo se fuese al garete.

A las dos semanas comparecía en rueda de prensa don Mariano. Vestido como un pincel con canas, iba a someterse al turno de preguntas cuando se quedó paralizado. El atril, en el cual se apoyaba, se levantó hacia arriba como si lo hubieran empujado, dejando a Rajoy expuesto a los periodistas en todo su ser. Una boa o anaconda se había colado en su entrepierna y pugnaba en salir por la bragueta. Rajoy miraba al público y al púbico, hasta que presa de un vahído cayó fulminado a los pies del atril peneado.

El médico que lo atendía no sabía qué hacer. Explicó al Jefe de Gabinete que se había desmayado al írsele toda la sangre al badajo, pero que ahora era presa de un paroxismo onírico llamando a gritos a su mujer. La había dado tranquilizantes y relajantes pero su miembro viril estaba inhiesto como la espada del Capitán Trueno.

El Consejo de Ministros se reunió de urgencia para elegir un líder que asumiera el poder ante los acontecimientos que se avecinaban. Se recurrió al mejor estadista de la historia de España para esa responsabilidad provisional: José María Aznar.

A los tres días, la Sra. Elvira Fernández, esposa de Rajoy, era ingresada de urgencias en la clínica de La Paz, con múltiples laceraciones y víctima de agotamiento. Al entrar en el hospital en camilla, ante los periodistas allí agolpados, les saludó con el signo de la victoria y el saludo surfero.

El país cayó en el horror. Aznar, entre abdominal y café con leche, ordenó conquistar Irán e Irak y quiso mandar tropas junto a EE.UU. para una campaña relámpago que convertiría la antigua Mesopotamia en un protectorado hispano-americano, como el banco.

A los tres meses se declaró la independencia de Catalunya, irrumpiendo los Mossos d’Esquadra en el Congreso y amenazando a los allí reunidos, como Tejero en su momento pero “clar i catalá”, para que firmaran la separación del nuevo estado mediterráneo. Nadie pudo defender la ofensiva ya que la militarización fue tan masiva, a raíz del conflicto militar suscitado por Aznar, que en Madrid no quedaba más que la guardia urbana.

La campaña contra estos países resultó un fracaso, ya que los americanos se retiraron de la campaña al resultar detenido su presidente por violencia de género. El que le sustituyó, un tal Sylvester Stallone, decidió que aquello era una locura y retiró sus tropas para enviarlas a la frontera con México e iniciar una colonización, estilo Pizarro.

Celibato fue contratado por la Administración catalana como jefe del servicio secreto catalán y por fin se convocaron elecciones al Parlament. Ganó Karmele Marchante, que era la candidata por la CUP.

A Rajoy se le pasó el efecto de la ponzoña y volvió a ser el mismo, hacía footing y jugaba con sus amigos al dominó en un casal de una localidad de Pontevedra.

“Sé de buena tinta que habéis envenenado a mi esposo. Pagaré lo que sea, me nacionalizaré catalana, pero os pido de rodillas que me enviéis la fórmula contra reembolso”

Un día llegó una misiva a la sede de la Generalitat, y en ella decía:

“Hola, soy Elvira Fernández Balboa, sé de buena tinta que habéis sido vosotros quien envenenasteis a mi esposo. Os ruego, os imploro, que lo envenenéis de nuevo. No he sido más feliz en mi vida, ni practicando equitación he cabalgado con más alegría ni me he abierto a nadie como en ese momento de mi vida. Convertisteis a mi Mariano en un titán de alcoba, en un tigre en la cama, en un Rocco Siffredi al que no puedo ni debo olvidar. Pagaré lo que sea, me nacionalizaré catalana, pero les pido de rodillas que me manden la fórmula contra reembolso, asumiendo por supuesto los gastos de envío.

Elvira Fernández”

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