El Museo de los ‘Herrores’ (o “La inmersión, un modelo de éxito”)

Los Pijoaparte, Marc Garrido Orce, Museo de los Herrores

“Enfilarse” y “habitajes”: brillantes aportaciones de la Inmersión Lingüística a la vetusta lengua castellana.

Que la inmersión es un modelo de éxito se ve a la legua: no hay más que oír hablar en castellano a Marta Rovira o a los niños de Pa negre, para darse cuenta de ello. Pero empiezo a sospechar que la cosa va más allá de un simple problemilla de fluidez verbal, y ya me estoy planteando la necesidad de hacer catálogo y acopio de las perlas que el modelo educativo de Cataluña nos va proporcionando. Una especie de Museo de los Herrores.

El otro día, por ejemplo. Había quedado con Jordi, un colega del barrio, para ir al Museu d’Història de Catalunya. Jordi es un antiguo compañero de clase que a veces me llama y me pide información sobre temas que le interesan: los celtas, los iberos, la colonización fenicia y griega… Se ve que está escribiendo una novela histórica, o algo así; en fin, él sabrá.

Total, que entramos en el museo, y la primera en la frente. En el vestíbulo, un cartel nos informa sobre la organización y contenidos de las diferentes plantas, divididos según un criterio cronológico de claridad incuestionable: “Catalunya abans de 1714”, y “De 1714 a l’actualitat”.

–¿Esto del “antes o después de 1714” es como el “antes o después de Cristo” de cuando íbamos tú y yo a los Salesianos? –Me pregunta Jordi, y no sé si lo hace con sorna o con genuina voluntad de saber.

–Hombre… Según una cierta visión historiográfica, el acontecimiento más importante en la Historia de Cataluña habría sido la derrota austracista en la Guerra de Sucesión Española, y quizá no les falte razón… Al fin y al cabo, si no hubiese sido por el Decreto de Nueva Planta y la abolición de fronteras internas entre los antiguos reinos de la Edad Media, la burguesía catalana nunca se habría hecho con el control absoluto del mercado español, y Cataluña no habría podido convertirse en la potencia económica que es hoy en día… aunque cada vez más chuchurrida, con la de empresas que se están marchando desde que empezó el Procés

Seguimos ruta y, tras algunas vitrinas con restos óseos y líticos de los primeros habitantes del Principat, nos detuvimos ante una esmerada reproducción del interior de una vivienda de piedra y adobes de finales del siglo VI antes de Cristo (o del s. XXIV antes de Rafael de Casanovas, según se quiera mirar). No le faltaba detalle: sus estantes de madera con recipientes cerámicos en la pared, pieles extendidas en el suelo, un odre colgado del techo, horno para cocinar el pan… Pero lo que más nos llamó la atención fue su rótulo informativo.

El rotulito en cuestión –como todos los demás del museo–, era escrupulosamente trilingüe: la mitad superior describía en catalán la instalación y los objetos expuestos, mientras que la mitad inferior repetía el mismo texto, pero con un tamaño de letra más reducido, y traducido a las dos lenguas extranjeras previsiblemente más utilizadas por los visitantes del museo (es decir, en inglés y castellano).

La sorpresa, claro, era la sui generis traducción que se hacía del texto al castellano. Pues, donde en la rotulación catalana constaba Habitatges de l’Edat del Bronze (“Viviendas de la Edad del Bronce”), el presumible becario veinteañero al servicio del Museo había hecho constar “Habitajes de la Edad del Bronce”, con la mayor naturalidad del mundo. Y eso, seguro que después de superar brillantemente las pruebas de acceso a la universidad, tras su provechoso paso por una avanzada escuela donde se dedica al castellano un fructífero par de horas a la semana.

Donde debería poner “Viviendas de la Edad del Bronce”, el presumible becario veinteañero había hecho constar “Habitajes de la Edad del Bronce” con la mayor naturalidad del mundo.

Jordi y yo nos miramos con incredulidad. Él, incluso, que es muy de diccionario, cogió su móvil para buscar en la página de la Real Academia de la Lengua si existía el término habitaje en castellano. Y claro, por habitaje no le salía nada.

Mientras seguíamos el recorrido, Jordi me comentó que pocos días antes se había encontrado con algo muy parecido en el Aquàrium de Barcelona. Allí –junto a las pirañas y a los pingüinos–, un cartelito redactado en varios idiomas prohibía a los visitantes subirse sobre la reproducción de un submarino de tamaño casi natural: Prohibit enfilar-se; Do not climb; Interdit de Monter. Pero lo bueno era que, para verter la prohibición al castellano, se habían inventado un palabro nuevo: Prohibido enfilarse. Como si subirse encima de algo fuese igual que ponerse en fila. Y coincidimos en que cometer aquellos atentados contra la lengua, no en la pescadería de tu barrio, sino en equipamientos culturales de primer orden de la ciudad, nos parecía bastante más grave que el nivel de Castellano para Principiantes al que nos tenía acostumbrados Marta Rovira en sus intervenciones para la cadena de Jaume Roures.

A la salida, intentamos consolarnos con una paella de marisco y una botella de Verdejo en uno de los restaurantes posmodernos y abarrotados de turistas del Port Vell. Que, por mucho que lo intenten, nunca nos harán olvidar los viejos chiringuitos de la Barceloneta, en los que lo mismo podías comerte una lubina en catalán, que un llobarro en castellano.

Marc Garrido Orce.

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