Las Brigadas Internacionales y la hipocresía de los “Colacaus”.

Farragüas, Los Pijoaparte

Por fin este domingo (28 de octubre) me decidí y fui al homenaje ése que les hacen cada año a las Brigadas Internacionales; más que nada porque lo hacían en la Rambla del Carmelo, que está a tiro de piedra de mi casa, y otras veces casi oía desde mi ventana a los yayetes cantando La Internacional a voz en cuello –vaya, lo que podían dar de sí, entre toses y estornudos–, y ya me daba hasta vergüenza no haber ido nunca a hacer un poco de bulto.

Este año además era como especial (porque se cumplían 80 años del discurso de despedida aquél tan famoso de Pasionaria, cuando los republicanos ya daban la Guerra poco menos que por perdida y empaquetaron a los brigadistas de vuelta para sus casas), y estaba previsto que viniesen al sarao la alcaldesa Colacau y toda la plana mayor del Ayuntamiento de Barcelona.

A la hora prevista me fui para el monumento a los Brigadistas que pusieron hace ya algunos años a la entrada del Túnel de la Rovira (que dicen que representa algo así como a David contra Goliat, pero que yo no soy capaz de distinguir ni a Goliat, ni a David, ni a la honda, ni a la madre que los parió), pero como estaba medio chispeando me encontré que habían trasladado el acto al centro cívico que hay un poco más arriba, que tiene el original nombre de “Espai Jove Boca Nord”, porque sirve para que se reúnan los jóvenes, y está justo en la boca norte del túnel. Es que en el Ayuntamiento tenemos unos poetas y unos cerebros pensantes…

Por el camino, mientras subo por el lateral de la Rambla hacia la calle Agudells, me encuentro con mi colega Marc Garrido, el arqueólogo, que iba todo endomingado y con su chapita de la República en la solapa. “¿Qué haces por aquí, Indiana Jones, si esto no va de tartesios ni de romanos?”, le pregunto yo en plan coñón, y él va y se ofende y se pone serio y me larga el rollo de la memoria histórica… Total, que llegamos juntos al Boca Nord, que estaba a rebosar, y nos lanzamos como fieras sobre el último par de sillas que quedan libres en la sala; justo detrás de unas mamás aún en edad de merecer, con unos niños rubísimos sentados en las rodillas, que tenían pinta como de polacas, o algo así…

Da la hora de empezar el acto, y caemos en la cuenta de que lo que tenemos delante no es una tarima como Dios manda, para que suban los intervinientes y demás, sino una pantalla bastante cutre de video. O sea, que el acto de verdad no se va a celebrar allí sino en una sala anexa reservada para los popes y las patums, y nosotros lo vamos a ver en streaming desde el gallinero (¿en streaming he dicho? Hostia, ya no me salvo ni yo de soltar esos palabros), como cuando de chicos íbamos a ver la sesión doble de pelis del oeste a “La Barraca del Carmelo”, que hace ya siglos que se la llevó por delante la piqueta pero que estaba casi allí mismo, bajando un poco la calle. (Joder, todavía me acuerdo del ruido que hacían al entrar las cáscaras de pipas que alfombraban el suelo…)

Empieza por fin la cosa, y empieza mal; porque, en vez de escucharse el himno de Riego, que es lo que toca en una celebración republicana, nos cantan La Marsellesa pero en catalán, en la versión decimonónica de Anselm Clavé (“Fills de la terra catalana / Muyran els opressors malvats…”), que es como escucharla con la letra de Els Segadors y en el Palau de la Corrupció Convergent… Perdón, en el Palau de la Música Catalana. Se ve que don Rafael y su popular himno de comecuras resultan demasiado castizos para la sofisticada alcaldesa doña Inmaculada, y por eso prefiere endilgarnos esa especie de mamotreto renaixentista directamente sacado de los Jocs Florals

Se me ocurre pensar que, ante ese despropósito, los numerosos miembros de asociaciones extranjeras que han acudido al acto desde todas partes del mundo deben estar flipando pepinillos… Pero bueno, luego pienso que, si no es la primera vez que vienen, ya deben estar acostumbrados.

A continuación, como si nos hubiera oído mentarla, sale para hacer su speech la mismísima alcaldesa, doña Inmaculada Colacau. (¿Speech, he dicho ahora? Joder, sí que estoy mal… voy a tener que mirármelo) “Mira, tu amiga”, le suelto al Garrido, y veo que el Garrido se revuelve incómodo en su asiento.

La alcaldesa nos suelta entonces un discurso pomposo y vacío, en el que no pronuncia ni una sola vez la palabra “España” –que ya sabemos que es mentar la bicha–, y en el que nos informa, como si no lo supiéramos, de que hoy la democracia y las libertades vuelven a estar amenazadas por el fascismo, “a tot el món, i a casa nostra” (o sea: en todo el mundo, “y en casa nuestra”, que es un lugar indefinido cuyo nombre no se nombra). ¿Qué será casa nostra? El Carmelo, Barcelona, Cataluña o Catalunya, España o el Estado Español, La península Ibérica, El Mediterráneo, Europa. ¿Otro significante vacío?… Voy a tener que dejar de leer que me vienen unos palabros…

Habla del Trump, habla del otro facha ese que acaba de ganar las elecciones en Brasil, habla del italiano chulo y lenguaraz que no deja atracar en Italia a los barcos de refugiados, y nos quedamos con la impresión de que está dejando caer, sin decirlo, que en España están saliendo también por todas partes una cantidad de fachas que te cagas, pero del Ebro p’abajo, claro: no sea que se molesten los fachas nostrats del Chorras y el Puchimón, y le envíen a sus escamots de los Cedeerres para montarle un buen escrache en la puerta de su casa. O sea, a casa seva.

Me viene a la mente Sisa… “Que casa meva és casa vostra, si és que hi ha casas d’algú”…

Después, más intervenciones. Salió un teniente de alcalde del Ayuntamiento de Madrid, que tampoco quiso pronunciar la palabra “España” por si resultaba ofensiva –la cambió por “el Estado”, que a mí siempre me ha parecido que era otra cosa–. Luego, un yanqui, de la asociación de amigos de la Brigada Abraham Lincoln, que hablaba el español de puta madre pero pidió perdón –tal como suena: pidió perdón– por no hacer su discurso en catalán (aunque para demostrar que lo había intentado, chapurreó en catalán las primeras frases) ¿Se imaginan a los que hablaron en catalán pidiendo disculpas por no hacerlo en castellano? ¡Manda webs! Yo me acordé de James Petras –el colega del Chomsky, el del MIT de Massachusetts–, que hace años comentaba asombrado que en la Universitat Pompeu Fabra no le habían dejado hacer una conferencia en castellano y al final había tenido que darla en inglés, a pesar de que, de la gente que había ido a escucharle, la mitad se había quedado a dos velas porque de inglés no tenía ni papa.

Por suerte, no todo estuvo mal: intervino una tal Almudena Cros, de la “Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales”, que con su discurso nos emocionó de verdad (ella también se emocionó: le temblaba la voz cuando comentó lo del nazi joputa ese que, justo el día antes, había entrado a tiros en una sinagoga judía en yankilandia). Después, salió Loles León –que ya debe tener sus añitos pero a mí me sigue poniendo palote, para qué lo vamos a negar–, y nos sacudió en las sillas al verla interpretar “La canción de la mujer del soldado”, de Bertold Brecht, con la misma pasión y energía que derrochaba cuando hacía revista en el Paralelo. (Al llegar a casa la busqué en internet, pero sólo encontré una versión de La Chicana en modo de tango.) Muy bien también Lluís Homar, que nos puso el vello de punta con una poesía estremecedora de Ernest Hemingway. Y cuando leyeron otro poema que se titulaba “Hogar” –de una poetisa somalí, que se llama Warsan Shire–, dedicado a los refugiados que tratan de llegar a Europa cruzando el mar en pateras, vi de reojo que al Garrido se le escapaba una lagrimilla y tenía que secársela con el pañuelo. Bueno, y a mí también se me escapó, qué cojones.

Y por fin vino lo mejor, que fue la lectura del discurso de despedida de La Pasionaria a las Brigadas Internacionales. Que la hizo la Mercè Arànega, y lo hizo de putísima madre; porque, no sólo le dio todo el ardor y el dramatismo que había que darle, sino que además lo leyó enterito y sin saltarse una coma; porque, otros años, parece ser que se comieron hasta 5 veces o más la palabra España. ¡Ole por la Arànega!

Pero en estas que sale el Primer Teniente de Alcalde del Ayuntamiento de Barcelona, el argentino e hiperindependentista Petardito Picharelo, y veo que al Garrido se le cambia la cara, como si se le hubiese aparecido el demonio en una noche oscura de tormenta. Y el Petardito, con una sonrisa llena de dientes que le llegaba de oreja a oreja, comienza a soltarnos un florido discurso lleno de internacionalismo sin fronteras y de solidaridad proletaria, que nos deja patidifusos; nos cuenta que durante su adolescencia, cuando era un pibe allá en su ciudad de Tucumán, soñaba con venir a Barcelona mientras leía en los libros sobre las hazañas y el heroísmo de las Brigadas Internacionales (y digo yo que, si leía sobre las hazañas de las Brigadas, donde soñaría con ir sería a Belchite, o a Teruel, o al Jarama o a Guadalajara, pero no a Barcelona; porque aquí en Barcelona los brigadistas hicieron bien poca cosa, aparte de despedirse y escuchar el discurso de Pasionaria). Y digo yo: ¿de qué coño tenía que venir Picharelo a salvarnos, si cuando él hacía sus “lecturas juveniles” en Argentina Franco ya llevaba muerto lo menos diez años?

Pero bueno; Picharelo sigue hablando, y nos hace un gran elogio del proverbial internacionalismo de la ciudad de Barcelona, gracias al cual un chaval argentino como él, recién llegado a la ciudad en 2001, había llegado a ser Teniente de Alcalde por sufragio popular, y el Garrido se revuelve cada vez más en su silla, como si tuviese picores por todo el cuerpo o se hubiese sentado encima de un montón de alacranes. Y lo más gordo llega cuando el Petardito se gira hacia su colega de cargo del Ayuntamiento de Madrid y, poniéndole cara de duendecillo burlón, le declama en castellano –porque hasta ese momento había estado todo el rato hablando en catalán, con su vocecilla nasal y su acento de gaucho de Tucumán– aquello que había dicho Lluís Companys en el mitin de la Monumental, en el año treinta y siete: “¡Madrileños! ¡Cataluña os ama!”

Y ahí sí que el Garrido ya no pudo más –me imagino que se le venían a la cabeza las imágenes de Picharelo peleándose casi a puñetazos con el tontaina del Jorgito Fernández Díaz para impedirle que colgase del balcón del Ayuntamiento una bandera española, aquel día que el otro soplagaitas del Alfred Bosch salió a colgar la estelada; o todo el show de la ruptura del pacto de gobierno con los sociatas en el ayuntamiento cuando lo del 155, o qué sé yo–, y soltó en voz alta: “¡Hipócrita!”, lo bastante fuerte como para que las dos mamás polacas se girasen en sus asientos alarmadas; y para mí que, aunque nos miraban con insistencia, lo que querían no era ligar con nosotros.

Total que el Picharelo acaba su discursito, todos le aplauden menos el Garrido y el menda, y por fin sale a escena, para cerrar el acto con el “A galopar” de Alberti, nada menos que el gran Paco Ibáñez.

¡Joder, qué de recuerdos que se nos vienen a las mientes en un momento! Y parece que al Paco todavía le queda voz, o sería la ilusión auditiva producida por los años que hace que no escucho su voz grabada en el Olimpia de París, cuando aún le dolía España, perdido el vinilo en algún rincón de casa e irrecuperable por la falta de un plato de discos, ahora que los tocatas se han convertido en un lujo. Asustado estaba yo, al leer en el programa su intervención: asustado y temeroso de que nos sustituyera lo de “Las tierras, las tierras, las tierras de España, / las grandes, las solas, desiertas llanuras. / Galopa, caballo cuatralbo, / jinete del pueblo, / al sol y a la luna.” por algo así como: “Las tierras, los pueblos, las naciones del Estado Español, / las grandes, las autodeterminadas naciones. / Galopa… No, no; no suena bien, y además no rima… Menos mal, por que no tenía yo el cuerpo para más mariconeces, que diría Mecano.

Acaba el “A galopar”, y cantamos todos La Internacional puño en alto, como cuando éramos jóvenes e íbamos a los mítines del PCE. Alguien reclamó también que se cantara el himno de Riego para cerrar el acto, pero su voz se perdió en el murmullo general, que no quería disgustar a la doña…

A la salida, el Garrido me comenta con cara agria y en voz bajita para que no le oigan que está de los Comunes estos de la Colacau y el Picharelo hasta los mismísimos webs y que los piensa mandar ya mismo a tomar por donde amargan los pepinos. Y que está pensando en apuntarse a un partido nuevo que ha salido y que se llama Izquierda en Positivo, o algo así, con el Paco Frutos y el Jiménez Villarejo.

Eso sí, el cabreo no le impide al Garrido ponerse en la fila y coger un clavel como todo el mundo cuando dicen de ir a hacer la ofrenda floral a los pies la estatua, justo al lado de una cosa que parece un pulpo con casco que se hubiese caído al suelo –ya me dice mi hija que no entiendo de arte… ya–. Y el Garrido haciendo cola con su clavel en la mano y yo aguantando y esperando… Otra vez manda webs.

Al final pudo ponerle el Garrido su clavel al pulpito brigadista y acabamos donde acaban siempre estas cosas; o sea, tomándonos unas cervezas bien frías, con unas tapas de morros y bravas, en un bar de la Rambla del Carmelo y en compañía de nuestras respectivas parientas. Que, dicho sea de paso, siguen estando mucho más buenas que las dos mamás polacas del acto de las Brigadas. Y hasta más que la Loles León, si nos ponemos.

Farragüas.

Carmelo. Farselona. Noviembre, 2018

One thought on “Las Brigadas Internacionales y la hipocresía de los “Colacaus”.

  • Dentro de muy poco tiempo, muy poco, poquísimo, estos tipejos terminarán pegando a nuestros niños en la boca por hablar en castellano.

    Amigos, al tiempo!

    Comienza a haber cazadores, que no se desprenden de sus armas…

    Al tiempo, amigos !

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