Volem Papes catalans

Jaume Darrer, Okupas Ilustrados

Por Jaume Darrer

“Catalunya serà cristiana o no serà” (Torras i Bages). Hora es ya de que el glorioso movimiento nacional catalán sea plenamente fiel a sus orígenes y a su unidad de destino en lo universal. Por eso hay que recordar la afirmación del gran príncipe catalán de la Iglesia citada al comienzo de este artículo: la Cataluña eterna debe su esencia perenne a sus raíces cristianas, arrancada de las cuales perecerá. No en balde fue el hijo del primer sacro emperador romano, Luis el Piadoso, quien liberó la catalana tierra de las garras del infiel musulmán (bueno, no toda: sólo el territorio de la actual provincia de Gerona y parte de la de Barcelona; pero todo era empezar; ya vendría luego mi glorioso predecesor, lo rei Jaume I, a rematar la faena y sentar la base dels Països Catalans).

Pero no basta con guardar las urnas del 1 de octubre en las sacristías, hacer ondear l’estelada en los campanarios o soltar de vez en cuando homilías lacrimógenas y pedir oraciones por los presos polítics. Es preciso crear estructuras de Iglesia propias que impregnen de viva fe cristiana toda la vida política del nou país. A Dios rogando y con el mazo dando. Sobre todo ahora que un Papa salido de una antigua colonia española se permite manifestarse sutilmente en contra del procés. Por cosas menos importantes forzó Felipe IV de Francia el traslado de la corte papal a Aviñón o rompió Enrique VIII con el obispo de Roma y se erigió en cabeza de la nueva Iglesia de Inglaterra.

Cierto que nuestro president legítim i el seu vicari a Barcelona, como suprema autoridad que son de la República Catalana, no parecen ser las personas més adients para portar la tiara, de inequívocas resonancias monárquicas. De manera que la variante Enrique VIII queda exclosa. Sin embargo, resta la variant Avinyó (de hecho, ya tenemos en Barcelona un carrer con ese nombre). En nuestro caso, però, parece mucho más lógico que la sede de la máxima jerarquía eclesial catalana se sitúe en Montserrat, ¿no é sierto? (como diría el típico independentista de origen rosarino).

En efecto, ¿qué solución mejor para garantizar la existencia de Cataluña como portadora de valores eternos y eterna ella misma que nombrar Papa al abad de Montserrat? ¿Se imaginan ustedes quin goig que faria ver la explanada del Monestir abarrotada de miles y miles de personas esperando recibir la bendición papal “monti et orbi” (“urbi” no hay mucha, que digamos, en aquella santa cumbre)? Y ¿qué decir de las multitudinarias procesiones de antorchas subiendo y bajando de la montaña noche sí, noche también)? Entre los innumerables actos de fervor popular-nacional que podrían tener lugar al amparo de los sagrados riscos no habría que olvidar, por supuesto, la solemne beatificación o canonización dels nostres herois nacionals. Como república avanzada y moderna que somos, no caldria esperar a que dichos héroes estuvieran muertos para declararlos beatos y santos. Así, por ejemplo, se podría beatificar ya sin dilación a Toni Comín, Meritxell Serret o Marta Rovira, y canonizar sin más preámbulos a Carles Puigdemont y Oriol Junqueras, todos ellos esforzados defensores de la Fe y bienaventurados, pues sufren, como es notorio, persecución por la justicia.

Ahora bien, la modernidad y apertura más que posconciliar de nuestra Iglesia Nacional Catalana se demostraría sobre todo en algo que mujeres de todo el orbe cristiano vienen pidiendo a gritos desde hace tiempo: la participación de la mujer en el sacerdocio. Pero no sólo en los niveles más bajos del clero, por supuesto, sino incluso en el más alto. Así, pues, no deberíamos tener sólo Papa, sino también Papisa. Cierto que ello obligaría a introducir algunas reformas, por ejemplo, en la regla de la orden benedictina en Cataluña, pues la abadía de Montserrat está actualmente servida en exclusiva por monjos i escolanets, y caldria que la Papisa residiera también en aquel santo lugar. Pues bien, puestos ya a hacer reformas, ¿por qué no abolir el celibato? ¿Alguien se escandalizaría? Probablemente, sólo la prensa de la caverna madrileña. En todo caso, mejor que se escandalicen por eso que por presuntos actos de pederastia cometidos en la nueva Santa Sede catalana. Cal ser valents i donar la cara: siempre es mejor ir de frente que por detrás.

Candidatas a la tiara papal y a las mitras episcopales no faltarán, sin duda. Ahí tenemos a Pilar Rahola, que para papisa se pintaría sola (sin olvidar la mejora que supondrían sus paellas para la dieta monástica). Y no hablemos de Laura Borràs (siempre que pueda aparcar su cochazo deportivo en la explanada del monasterio), Bea Talegón (con licencia para seguir activa en la prensa amarilla), Núria de Gispert (como premio de consolación por haberse visto privada de la presidencia de SOS Racismo) e incontables otras féminas que podrían empuñar con gran prestancia, como mínimo, el báculo episcopal, ejercicio al que muchas ya vendrían entrenadas después de haber empuñado durante años el bastón municipal.

Un valor añadido que tendría semejante apertura sería el de acabar de una vez por todas en Cataluña con el nefando régimen patriarcal. Algo que podría visibilizarse desplazando en el santoral a los patriarcas y abades en beneficio de matriarcas y abadesas. En esa misma línea, el centro Abraham del Poble Nou, previsto para el culto de las diferentes confesiones durante els Jocs Olímpics del 92, debería llamarse “centro Sara”. El templo de la Sagrada Familia no està pas malament, pero habría que equilibrar el número de estatuas de santos con el de santas. Si para ello hay que alargar un poco más la nave principal y además de cortar la calle Mallorca hay que cortar también la calle Valencia, pues, sin cortarse un pelo, se corta y en paz. Y, por supuesto, en el elenco de filósofos cristianos medievales hay que restarle importancia a Santo Tomás de Aquino y darle mucha más a Hildegarda de Bingen. Y ¿qué decir de Santa Teresa de Jesús, ahora que por fin ha quedado claro, pese a todas las campañas de desinformación españolas, que era catalana y dirigió el monasterio de Pedralbes?

En definitiva, si Cataluña quiere ser fiel a la empresa a la que ha sido llamada desde lo Alto (y no me refiero sólo a Montserrat o a Núria), debe dar ese paso adelante que le falta para que la Fe en sí misma como país se consolide definitivamente y sea verdadera Fe en todos los sentidos. Con el marchamo divino que da la unión de Iglesia y Estado, nadie podrá ya discutir su derecho a un puesto de privilegio en el concierto internacional. Amén.

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