En el Delicias sin el Pijoaparte.

Los Pijoaparte, Marc Garrido Orce

Estamos tomando unas patatas bravas y unos calamares a la romana en la terraza del Delicias cuando nos asalta la noticia.

–¡Hostia! –Salta el Farragüas, mirando su móvil. Y lo veo que se queda callado, mirando la pantalla con los ojos acuosos y las cejas muy levantadas, la mascarilla colgando de la oreja derecha. Pasan unos segundos y finalmente vuelve a hablarme, sin levantar los ojos del aparato– Me dicen en un grupo de Guasap que el Marsé se ha muerto.

–Hostia –le secundo yo, y echo mano también a mi móvil. A mí me sale la noticia como destacada en Twitter, y se me atasca en la garganta el calamar que estaba masticando en ese momento. Le pego un trago a la Estrella Galicia para que el bocado me baje gaznate abajo, y respiro un par de veces pausado, pausado, para que me salga la voz entera cuando por fin me decida a decir algo.

De lo lejos me llega la melodía de Pájaros de barro, de Manolo García, y dejo vagar la vista unos momentos por el skyline carmelita de Barcelona. Y de pronto me doy cuenta de que estoy rindiendo homenaje al escritor que mejor ha sabido no sólo describir mi ciudad y mi barrio, sino captar su esencia urbana, popular, mestiza y charnega.

Las palabras se me agolpan, se me enredan, no sé cuáles escoger que mejor describan lo que siento en este momento. Lo que Marsé ha representado para nosotros, lo que representa para la literatura, lo que representa para Barcelona. Al final sólo acierto a decir:

–¿Qué ha sido, el Covid?

El Farragüas levanta por fin la vista y me mira como si acabara de darse cuenta de que estamos sentados comiendo calamares y gambas.

–No, parece que ya estaba enfermo desde hace tiempo, cosas de corazón, riñones… ¡Me cagüen la leche! Joder, qué putada… Vale que estaba mayor, pero… Joder, qué solos nos ha dejado el cabrón. Todavía le quedaba por contarnos la hostia de historias.

Me doy cuenta de que el Farragüas, tras su fachada de quinqui superviviente del Carmelo, está realmente afectado. Para él, Marsé, no es sólo una referencia intelectual, sino afectiva.

Bueno, qué coño. Para él, y para todos.

Me pasan por los ojos imágenes de sus novelas. Es decir, imágenes de las películas basadas en sus novelas. Que a él, a Marsé, nunca le gustaron, porque la verdad es que no le hacían justicia. Pero es la putada de tener uno un cerebro eminentemente visual; pienso en las novelas de Marsé, y me salen imágenes de las películas. Me sale Teresa Serrat con la cara de Maribel Martín, rubia, monísima, pero nada creíble en el papel de burgeseta del Guinardó –como mucho, de pijita madrileña de la calle Serrano o de Puerta de Hierro– redentora de adánicos obreros militantes llegados desde el Sur hasta el salvaje Barrio de los Cañones; me sale la imagen de Victoria Abril con sus bragas de oro pintadas sobre la piel con purpurina, turbador recuerdo de las sesiones de cine de barrio de mi lejana adolescencia; la de la Norma Ornella Muti seduciendo al Faneca Imanol Arias en El amante bilingüe, con sus pantalones ajustados y su culo perfecto, y la cándida Loles León suplicando vull una bona cardada en català, insuperable metáfora erótica del charneguito agradecido.

Pero me viene también a la mente la imagen de Gabriel Rufián haciendo poses de macarra en el Congreso de los Diputados, insultante parodia de un Pijoaparte muelle y reblandecido que ha alcanzado al fin su sueño de ser aceptado por la pijería nacional-catalufa, aunque en el fondo le sigan despreciando y sólo le toleren porque les es útil, y mientras lo siga siendo y no se les desmande… Tontos útiles, se les llamaba en los buenos tiempos a los de su ralea. Fantoches inútiles, habría que llamarles ahora.

Aparto de un manotazo la imagen de Rufián, que me ha estropeado las de la Abril y la Muti, y llamo al camarero del Delicias. Le pido dos chupitos de Havana 7, y me mira como extrañado; nos conoce, somos habituales, él ya sabe que yo al mediodía sólo tomo cerveza o, como mucho, un vermutito con hielo.

–¿Celebramos algo?

–No –le contesto yo–. Es para hacer unas libaciones. En honor a los ausentes.

Pone cara de vacile, pero nos trae los Havanas. El Farragüas ya me ha pillado la idea. Levantamos los vasitos helados, los exponemos durante unos segundos al radiante sol de julio en el Carmelo, y exclamamos solemnemente:

–Por el Marsé.

Y el Farragüas añade:

–Porque sea donde sea adonde se haya ido, no deje nunca de tener esa mala leche suya por la que le quisimos tanto.

–Y que la tierra le sea leve –contesto yo–. Por lo menos, él, ya no tendrá que llevar mascarilla.

Nos bebemos el Havana de un trago, y sacamos los pañuelos para sonarnos las lágrimas que se nos agolpan narices abajo. Qué blanditos nos ponemos cuando nos hacemos mayores, y se nos van marchando aquellos que admiramos.

Marc Garrido Orce.

Barcelona, 20 de julio de 2020.

One thought on “En el Delicias sin el Pijoaparte.

  • Todo OK, las películas de Marse, no gustaron a Marse, que era un cascarrabias profesional aparte de escritor. Yo creo que Maribel Martin borda el papel de Teresa, que era puja de Sant Gervais, no del Guinardo como ponéis, que entonces (Y ahora) es un barrio de clase media, saludos.

Deja una respuesta