Estamos sin cervezas: Acabaremos tragando Ratafía.

Farragüas, Los Pijoaparte

Aprovechando que la pandemia pasaba por Cataluña, el nacional-secesionismo se ha propuesto fastidiarnos la vida procediendo a un proyecto insidioso: la catalanización de los múltiples bares que mayoritariamente usan el castellano para relacionarse con sus clientes.

Las medidas draconianas a las que está sometida la hostelería no parecen cuadrar mucho con las tomadas en otras comunidades autónomas. No hay manera de tomarse una cerveza a la hora del té. El Faneca me cuenta –por Guasap, questoy en cuarentena–, que hace unos días paseando por Gracia con su nueva chorvi se encontró en medio de una manifa de la hostelería graciense y que se coló –eso sí amarrando cerca la gachí– pa echar una mano. Total que acabaron gritando «Ayuso, ven aquí», na menos que en el barrio más independentista de Barcelona.

Andan tan cabreados con las prácticamente nulas o pírricas (m’ha salío culto, ¿eh?) ayudas que la Generalitat catalana ha dado al sector, que tienen a miles de bares y restaurantes al borde de la quiebra y a la otra mitad cerrados.

Sé de buena tinta que los bares y restaurantes son un negocio que montan mayormente gentes trabajadoras –pásate por el Carmelo y lo compruebas–, levantándolos con mucho esfuerzo y sacrificio, puro capital humano. (Como decía aquel eslogan de la transición: “Mis manos mi capital, PSUC mi partido”.) Y así andamos: con las manos descapitalizadas y sin partido. ni pa jugar, ni pa votar.

En Cataluña abundan bares y restaurantes con toque andaluz, gallego, o de cualquier otra referencia gastronómica –y por tanto cultural– de otras partes de España.

Los bares, hoy, son referencia de afectos y ligazón con la Madre Patria (España, a veces madre, siempre madrastra que cantaba la Belén… Ana, ¡Ana!) Y no es que uno sea muy patriota, pero eso es algo que siempre ha molestado a la élite nacional-pujolista, siempre tan ofendida por esa pertinaz presencia. Porque, a ver: ¿Dónde se celebra la Feria de Abril más populosa tras la de Sevilla, o las fiestas de San Froilán –santo patrón de la provincia de Lugo– con más pulpo a feira fuera de Galicia? Pues en Barcelona, equilicuá.

No se si serán las cervezas que me he tenido que tomar de pie al lado del mercado del Carmelo, pero para mí que el nacionalismo quiere dar otra vuelta de tuerca en Cataluña: pretende la ruina de la pequeña hostelería con el fin de renovarla, permitiendo que sobrevivan solo los auténticos hooligans del nacional-secesionismo. Cierto, no parece que en los cierres haya distinción sobre la lengua o la identidad de los propietarios… pero es un cálculo sociológico. Mesplico. Cuando esto de la pandemia acabe, las clases trabajadoras, los pequeños propietarios, estarán arruinados y solo las clases medias acomodadas –más cercanas al catalanismo– tendrán capacidad económica y facilidades para acceder a las subvenciones de la Generalitat, que controlará los dineros de la Unión Europea.

El nacionalismo catalán siempre ha envidiado a la hostelería vasca: eso de entrar en una tasca o restaurante y que te reciba toda la parafernalia nacionalista, sutil o descarada, es todo un logro estético-identitario. Anhelan bares con la estelada en la puerta y huchas de solidaridad con los presoak politikoak…. Algo que no han conseguido hasta la fecha. Más bien al contrario: en los últimos años, los conflictos con una hostelería remisa a convertirse en sedes del procesismo ha sido un goteo constante.

Los pequeños bares y restaurantes de Cataluña están en peligro de extinción, no solo por la pandemia del Covid19, sino por otra pandemia más contumaz y peligrosa: el nacionalismo.

Tengo unas ganas de poder salir al bar y pedir: “¡Quillo! Un pescaito frito y unas birras p’acá…”

¡Ah! Y que sepáis que pienso ir a votar el domingo, de 7 a 8 y tapándome la nariz, aparte de la boca… Y no, no por el coronavirus, sino por la panda de incompetentes que tenemos en eso que llaman el constitucionalismo.

¡Anda ya!

El Farragüas.

El Carmelo. Farselona. Febrero de 2021

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