Diada de 2014: La Gran V baja a Barcelona

Los Pijoaparte, Marc Garrido Orce

«Cataluña ha hablado con una sola voz. Porque si hubiera alguna voz discrepante, ya procuraríamos que no se la oyera.»

Charnego News va a hacer hoy un audaz ejercicio de retrohistoria, para retroceder hasta un momento en el que Charnego News –aunque parezca mentira– aún no existía: la Diada Nacional de Catalunya de septiembre de 2014. Y rescatamos para ello una vieja crónica que redactó por aquellas fechas nuestro historiador y arqueólogo heterodoxo de cabecera, Marc Garrido, y que no pudo publicar en Charnego News porque a Charnego News, por entonces, aún le faltaban un par de años para nacer. Aunque el esperpento cotidiano del que su sátira política se alimenta, desde luego, ya existía.
Añadamos tan sólo que el profesor Garrido ha condescendido a publicar ahora y aquí su crónica periodística de aquella histórica jornada, tan sólo después de haberla sometido a la dura prueba de presentarla al certamen literario Francesc Candel de este año –y en una versión, además,  redactada en un prístino y delicioso catalán pompeufabriano que habría hecho las delicias de Albert Pla… digo, no, de Josep Pla–, y haber salido muy airosamente de dicho certamen sin obtener ni un triste accésit. ¿Por qué será que no nos sorprende lo más mínimo…?

 

Una crónica de Marc Garrido Orce

Hoy, la Cataluña profunda se ha vaciado en Barcelona. Las calles de Olot, de Vic, de Berga, de Manlleu, de Manresa, y de hasta el último pueblecito perdido de la Noguera Pallaresa, de la Vall d’en Bas o dels Ports de Beseit, han quedado desiertos como en una película post-apocalíptica de ciencia-ficción. Sus habitantes han montado en la gran flota de autobuses fletados para la ocasión por la ANC y Òmnium Cultural (gratis o casi para ellos, pero generosamente pagados con las subvenciones que salen del bolsillo de todos los catalanes), y han partido, henchidos de fervor patriótico, hacia la gran manifestación indepe en que se ha convertido la Diada Nacional de Catalunya.

Bueno, hay que explicarlo: antes, la Diada, no era indepe, sino institucional y festiva, y todo el mundo participaba en ella, con esperit de germanor y bajo el lema de som un sol poble. Que nunca ha quedado claro si aquel lema expresaba tan sólo un buen deseo o una auténtica realidad, pero que entonces sonaba muy bonito y ya nos parecía bien a todos.

Y, si alguno, aquel día, prefería no ir de mani y quedarse tranquilamente en la cama –yo mismo, por ejemplo: que siempre fui mucho más de celebrar la del Uno de Mayo, que iba toda la peña del Carmelo; o la del ocho de marzo, si me invitaba alguna compañera concienciada y militante con la que tuviese feeling y perspectivas de verla liberarse de la opresión patriarcal de los sostenes; o hasta de la del Orgullo Gay, que a más de uno y más de una los dejé descolocados porque a partir de ahí ya no sabían dónde ubicarme–, si alguno prefería, decía, no ir, era tan sólo porque le daba pereza, y no porque nadie fuese a decirle nada: porque poder, lo que es poder, podía participar en la Diada todo aquel al que le apeteciera y le viniera de gusto darse un garbeo, con banderas y pancartas, por las agradables y sombreadas calles del centro de Barcelona, aprovechando las últimas benignidades del verano.

Los indepes, en aquella época, se montaban su propia fiesta en el Fossar de les Moreres para llorar por los mártires de 1714 –que en realidad nunca han estado allí enterrados, eso fue un invento de la Renaixença–, lanzaban sus proclamas, quemaban cuatro papeleras y acababan corriendo delante de los grises, que ya no eran grises sino maderos porque los colores habían mudado con los años, y ya en los últimos tiempos delante de los mossos d’esquadra, que son lo mismo pero con más perifollos y con más chorreras en el uniforme y con aires de haber acabado el Bachillerato y de estar estudiando Filologia Catalana por las tardes en la Universitat Oberta de Catalunya, que la Pompeu es más de élites y a los que entran les exigen disponibilidad completa, porque también en eso aún hay clases.

Pero hace un par de años se jodió la cosa. En realidad venía de un poco más atrás, más o menos del 2008; de cuando se hundió el chiringuito de los Lehman Brothers y reventó la burbuja inmobiliaria, que era lo único que hacía funcionar todavía la economía en Cataluña, en España y en el resto del Sur de Europa. Entonces la Comisión Europea, el FMI, el Banco Mundial y todo el Urbi et Orbe del capitalismo transnacional y globalizado empezaron a decir que ya podíamos irnos olvidando de todos esos despilfarros tontos del Estado del Bienestar y empezar a apretarnos los cinturones, porque habíamos estado viviendo, durante muchos años, por encima de nuestras posibilidades.

Así que, ya para finales del 2010 o principios de 2011, el flamante president Artur Mas –entre gritos de “¡Guapu! ¡Guapu!”– se puso delante de las cámaras y soltó aquello tan campanudo del “haurem de fer més, amb menys” (“tendremos que hacer más, con menos”) y empezó a meter la tijera con entusiasmo digno de mejor causa en los presupuestos de Sanidad, Educación y Servicios Sociales, echando a la calle a maestros y a enfermeras –o a enfermeros y a maestras, que tanto monta monta tanto, y hay que ser inclusivos– y cerrando plantas de hospitales, como le pedían Frau Merkel y todo el neoliberalismo luterano-calvinista internacional, en aras de una supuesta austeridad que era, en realidad, un auténtico welfaricidio.

Pero pasó lo que tenía que pasar y, al grito de “¡No hay pan para tanto chorizo!”, la gente se le echó a la calle y le ocupó las plazas, con ganas de darle una patada en el culo al megagobierno transnacional del capitalismo globalizado, a los bancos quebrados rescatados con el dinero público de nuestras escuelas y nuestros hospitales y a los políticos corruptos que se reían de nosotros en nuestras mismas narices, y de meterle chicha a la palabra Democracia, que ya estaba pareciéndonos a muchos que se había quedado en un triste y vacío pellejo.

Y la cosa no fue sólo en Cataluña, claro, porque se trataba de algo mucho más amplio y la indignación y las ganas de cambio iban de Algeciras a Estambul, como en la canción de Serrat, o desde el Occupy Wall Street a las Primaveras Árabes en el Golfo Pérsico, para ser más exactos y no dejarse a nadie en el tintero.

Pero aquí, en Cataluña, el enemigo tenía cara y ojos y no había que elucubrar mucho para identificarlo, y el ambiente se caldeó hasta que un día el president Mas, para poder entrar en el Parlament a seguir recortando derechos sociales, tuvo que hacerse teletransportar por un helicóptero que salió en todas las televisiones, como en el anuncio del Tulipán aquel de cuando éramos pequeños, porque el Parque de la Ciudadela, donde se halla la cámara legislativa autonómica, había sido tomado por una turba enfurecida a la que, del puro cabreo, se le había ido un poco la olla. Y algún otro diputado o diputada –de la oposición o del gobierno, porque allí hubo para todos y todas– tuvo que volver a casa aquel día con la chupa de cuero de marca manchada con spray de frasco de los de hacer pintadas antisistema, como si hubiese pasado la noche en una rave pastillera.

De modo que las cabezas pensantes empezaron a cavilar cómo salir más o menos indemnes de aquel embrollo y dieron con una solución genial, que en el fondo era la de siempre: echarle la culpa a Madrid y a las balanzas fiscales, porque, claro, según ellos, con lo que pagamos de impuestos a España los laboriosos catalanes, estábamos manteniendo a una colla de mandrosos andaluces y extremeños que se gastaban las peonadas del PER bebiendo vino y echando la partida todo el santo día en el bar de su pueblo. Y porque, siempre según ellos, si tuviésemos un Estat Propi nos sobraría el dinero para escuelas, para hospitales y hasta para atar los perros con longanizas, que es la proverbial imagen de la abundancia.

Así, de un día para otro, el independentismo catalán se disparó en las encuestas desde el triste diez o doce por ciento en el que se había mantenido residual durante muchos, muchos años, a un espectacular cuarenta y tantos por ciento que parecía apuntar hasta el infinito y más allá. Y, en septiembre de 2012, la Diada dejó de ser una jornada unitaria y festiva, o por lo menos consensuada y de buen rollo, y el Passeig de Gràcia se llenó de gente cabreada agitando senyeres a las que les habían añadido un triángulo azul y una estrella blanca en el centro, en plan como de república caribeña: la estelada, le llaman. Que era un emblema anacrónico que, en tiempos de la República, tan sólo utilizaban los escamots parafascistas de la organización Estat Català; los mismos que daban palizas a los sindicalistas de la CNT por revoltosos y por xarnegos y que desfilaban por Montjuïc con correajes y pantalón corto imitando a las juventudes hitlerianas.

Y, también de un día para otro, el mismo president Mas que había sido blanco de iras populares por su afición por los recortes se convirtió, como por arte de ensalmo, en adalid y mesías del glorioso Procés Sobiranista que nos debía llevar hasta una Itaca de prosperidad y libertad inigualables. Y, si ya en nuestros buenos tiempos psuqueros decíamos aquello de que los nacionalistas detrás de la senyera escondían la cartera, ahora podíamos añadir con conocimiento de causa que detrás de la estelada escondían la retallada.

(Otros, por supuesto, dicen que el boom del independentismo no vino de ahí, sino de la desafección que generó la Sentencia del Tribunal Constitucional del 2010, que recortaba el Estatut del 2006. Y seguro que los que dicen eso también tendrán sus razones. Pero a mí las fechas y las cuentas me cuadran más de la otra manera, y además siempre me ha dado la impresión de que, el del 2006, era un Estatut de circunstancias que no le importaba a nadie un pito, que había sido más que nada un parche para reducir tiranteces entre los socios del Tripartit, que siempre andaban a la greña, y que para rematarla se había aprobado en un referéndum en el que votó menos de la mitad del censo, que ése era el interés que le suscitaba a la ciudadanía. Y vaya, que yo aún tengo la mala costumbre de tratar de explicarlo todo con la vieja metodología marxista –ya sabéis, estructura, superestructura, y todas esas mandangas setenteras–, y por eso prefiero buscar en el bolsillo de la gente el porqué de las movidas que les pasan por la cabeza, antes que explicarlas echando mano del descendimiento del Espíritu Santo sobre los doce apóstoles el día de Pentecostés o por la irrupción providencial del Volksgeist en el devenir de la Historia.)

De un día para otro, el mismo president Mas que había sido blanco de iras populares por su afición por los recortes se convirtió, como por arte de ensalmo, en adalid y mesías del glorioso Procés Sobiranista. Y, si ya en nuestros buenos tiempos psuqueros decíamos que los nacionalistas detrás de la senyera escondían la cartera, ahora podemos añadir que detrás de la estelada esconden la retallada.

Así, tras el éxito de la “Vía Catalana” del año pasado en la que participaron hasta las vacas –eso sí, debidamente guarnidas con decorativas esteladas en el lomo, que sólo les faltaban unas barretinitas a juego en la punta de los cuernos, para ser más catalanas–, y que pretendía imitar la cadena humana que consiguió la independencia de las repúblicas Bálticas de la URSS en 1989, la consigna de este año era dibujar una gran “V” en el callejero de Barcelona, entre la Diagonal y la Gran Vía, con su vértice en la Plaça de les Glòries Catalanes; no queda muy claro de si como “V” de victoria, como “V” de las varices que les iban a salir del tiempo que iban a tener que estar allí de pie, aguantando el tipo, o como “V” de Vendetta, que queda más antisistema y más peliculero. “La Gran Ve Baixa”, han bautizado al evento, porque la Uve, en catalán, no se llama Uve sino Ve Baja.

Y sí, efectivamente… la Gran Uve, baja. Porque ha bajado desde el Montseny, la Cerdanya, el Alt Urgell, la Garrotxa, y de todas las tierras altas y agrestes de la Cataluña rural, conservadora, católica y carlistona –tradicional granero de votos de la derecha, donde los abuelos eran franquistas, sus hijos, de Convergència, y los nietos, ahora, entusiastas procesistas–, hasta la llanura y las playas de la que ellos llaman, despectivamente, Can Fanga: la mestiza, charnega, atea y despendolada Barcelona.

A mí, que ya he dicho antes que la música militar nunca me supo levantar, y que no celebro ni el once de septiembre, ni el doce de octubre, ni el trece de noviembre si es que hubiese algo que celebrar en la mencionada fecha, se me antojó que hoy podía ser un buen día para irme de museos, acompañado de mi paisana. Y para allá que nos fuimos, al MNAC, a visitar a mi viejo amigo el Pantocrátor de Sant Climent de Taüll, los mórbidos desnudos modernistas y noucentistas de Clarà y de Llimona, y la colección de carteles de la Guerra Civil Española, que era una época en la que era más fácil saber quiénes eran tus enemigos, aunque estuvieran a veces en tu mismo bando y te acabaran disparando por la espalda.

A la salida del museo nos atacó la gazuza, y dijimos de buscar algún sitio donde menear el bigote. Pero entonces nos encontramos de frente con toda la parafernalia indepe. Por toda la Esquerra de l’Eixample, no se podía ver más que a los numerosos grupos organizados, uniformados y enardecidos –camisetas amarillas y rojas, rojigualdas podríamos decir si fuera otro el contexto–, enarbolando esteladas y hablando con los inconfundibles acentos de las comarcas del interior de Cataluña, preguntando a gritos que en qué tramo de la “V” los habían colocado. No fuera que después en la foto se viese algún hueco que desluciera el evento. Familias al completo, generaciones enteras de agricultores y ganaderos –desde los abuelos hasta los bebés, con los sonrosados mofletes pintados con senyeres al estilo “Braveheart”–, de pequeños propietarios herederos de una gran tradición milenaria, dispuestas a pasar todo el día haciendo el pánfilo en la ciudad de los pixapins. Todo sea por Cataluña.

La cosa ya se venía preparando con tiempo, y en las últimas dos semanas la Guardia Urbana del alcalde convergente Trias había estado colocando cartelitos por todo el barrio instando a los vecinos a que retiraran de allí sus coches, alegando vagas “razones de seguridad”, y que buscasen otro sitio donde aparcarlos –misión ya de ordinario casi imposible en Barcelona, si es que no tienes un parking de pago–, en previsión de las necesidades de aparcamiento de toda la flota almogávar. Y, efectivamente: hoy, por fin, todas las calles comprendidas entre el Hospital Clínico y la Gran Vía de las Corts Catalanes habían quedado convertidas en un gigantesco aparcamiento de autobuses, en el que parecía haber encontrado acomodo el parque móvil de todas las compañías de transporte discrecional de Cataluña.

Y, a poco que te fijases, nada había sido dejado al azar: las interminables filas de autocares estaban, todas, cuidadosamente clasificadas por localidades y comarcas –aquí todos los de Berga, un poco más allá los de Manlleu, en la calle de más arriba los de Sant Feliu de Guíxols…–, y todos con cartelitos estandarizados en el parabrisas donde no sólo constaba el lugar de procedencia sino el tramo exacto de la “V” que se había asignado a sus ocupantes, con un grado de organización y disciplina que dijérase, más que catalana, alemana o japonesa.

Nosotros, caminando entre la avalancha de uniformes y esteladas, nos sentíamos como los protagonistas de “La invasión de los Ultracuerpos”, temerosos de ser identificados en cualquier momento, por nuestros gestos o nuestras miradas, como peligrosos apátridas, traidores, botiflers o españolistas, posibles votantes de Ciutadans o tibios partidarios federalistas de la Tercera Vía. Como en esos sueños en los que vas desnudo por la calle y con miedo que la gente te mire y se dé cuenta. Exactamente igual.

Caminando entre la avalancha de uniformes y esteladas, nos sentíamos como los protagonistas de “La invasión de los Ultracuerpos”, temerosos de ser identificados en cualquier momento, por nuestros gestos o nuestras miradas, como peligrosos apátridas, traidores, botiflers o españolistas, posibles votantes de Ciutadans o tibios partidarios federalistas de la Tercera Vía.

Subimos por Villarroel, buscando algún restaurante, y todos los encontramos ocupados por la marea amarilla y roja de los almogávares berguedans u osonencs. Finalmente nos encuentran un rinconcito para dos en La Bella Napoli, una conocida pizzería donde el ambiente, sin embargo, no nos recuerda al de la bonita ciudad del sur de Italia, sino más bien al de las cervecerías alemanas de los años treinta: risas alcohólicas, himnos de campamento, puñetazos en las mesas y estridentes gritos patrióticos.

Finalmente, las camisetas amarillas y rojas van abandonando el local –ya es la hora de que ocupen todos sus lugares en la gran “V”–, y podemos acabar de comer con algo menos de ruido, y no sé si decir con un poquito más de tranquilidad.

Después volvemos a casa y, por la tele, Artur Mas nos dice que, como siempre, Cataluña ha hablado con una sola voz, porque si hubiera alguna voz discrepante ya procuraremos que no se la oiga. Y desde las redes sociales, una pubilla enxaneta, rubita y de ojos azules, monísima ella, se hace un selfie mientras corona un sis de nou amb folre i manilles, o algo por el estilo, para mostrarnos, desde la cima de su castell, las largas y compactas hileras de manifestantes que forman una gigantesca senyera, barras rojas y amarillas tachonadas de diminutas cabecitas hasta donde acaba la foto, como en una adaptación dos punto cero y nostrada de El Triunfo de la Voluntad, de Leni Riefenstahl.

Y yo me quedo con la duda de qué diferencia hay entre esto, y las “espontáneas manifestaciones de adhesión popular al Régimen” que se celebraban durante el Franquismo. Aquellas del bocadillo de mortadela.

 

Barcelona, 11 de septiembre de 2014

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