Indiana Forcadell, en busca de la estelada perdida

Los Pijoaparte, Marc Garrido Orce

Por Marc Garrido Orce

Profesor asociado del Departament d’Arqueologia, Prehistòria i Recerca de la Identitat Pròpia de la Universitat Autònoma de Miskatonik del Vallès

Como bien es sabido, todos los arqueólogos somos un poco como Indiana Jones, y combinamos una vida tediosa y previsible, como apacibles eruditos o profesores de Universidad, con una apasionante identidad secreta llena de aventuras y sobresaltos en la que nos calamos el sombrero Panamá y nos enfundamos látigo y pistola al cinto para afrontar los más temibles peligros, en busca de milenarios tesoros perdidos en las más remotas selvas o desiertos de los lugares más insospechados del mundo.

Pero ello, acabo de descubrir con grata y profunda sorpresa, no es prerrogativa tan solo de arqueólogos y otras abnegadas profesiones académicas de secreta vocación aventurera, como biólogos marinos en busca de plesiosaurios prehistóricos o geólogos que descienden a través de volcanes hasta las más ignoradas profundidades de la tierra, sino que a veces se hace también extensiva a respetadas autoridades políticas e institucionales, como es el caso de la muy honorable presidenta del Parlament de Catalunya, doña Carme Forcadell, quien, tras su engañosa apariencia de apacible tieta del Procés, de bibliotecaria jefa de una Biblioteca Provincial como la que hace treinta años que no tenemos en Barcelona, o de pequeña accionista de una gran empresa como la inmobiliaria que lleva su nombre, ha resultado ser una intrépida aventurera con auténtica vocación de heroína de epopeya; es decir, no de una epopeya cualquiera, claro, sino de la –todavía a medio componer– Epopeya Nacional de Catalunya.

Así, ni corta ni perezosa, nuestra valerosa Presidenta se ha calzado las xiruques que tenía guardadas desde sus últimas excursiones al Montseny y al Pedraforca, se ha colgado la mochila a la espalda, y ha partido sin dudarlo hacia el más antiguo y misterioso país de África –de la parte de África que queda al sur del Estrecho, quiero decir–, la legendaria Etiopía, justo después de haberse aprobado en el Parlament la inauguración de un nuevo y flamante tramo de la Desconexión con el Reino de España, que antes llamábamos Estado Español para no tener que nombrar la infame palabra.

Y, aunque en un primer momento hubo quien pensó que se trataba de un viaje puramente lúdico, turístico –doña Carme es demasiado seria, demasiado trascendente, demasiado mística, para elegir un destino tan frívolo como las islas de Cabo Verde, o para irse a fumar canutos y escuchar a Bob Marley en las tranquilas playas de Senegal con Lulú Martorell–, a nosotros enseguida nos quedó claro que partía en sagrada misión de búsqueda de las raíces culturales de Catalunya, en una expedición coordinada por el patriótico, heterodoxo e iconoclasta Institut de la Nova Història, que tantas glorias está aportando en los últimos tiempos a las insignes letras catalanas.

Quedaba aún por dilucidar, no obstante, cuál era el objetivo concreto de tan importante misión.  Y la primera hipótesis con la que trabajamos fue, ciertamente, que partía a la búsqueda de los legendarios restos del Homo catalaunicus aenecessis, primer homínido que salió del África profunda, consciente de estar cumpliendo con su destino histórico, para poblar las entonces aún vírgenes tierras de Catalunya cuando éstas comenzaron a emerger del océano de Tetis, en plena Era Mesozoica, y mucho antes que los palurdos antecessor burgaleses de Atapuerca, que, como todo el mundo sabe, no eran más que una colla de xarnegos nouvinguts. Conocido es –nos lo confirmó Mikimoto Calzada tras uno de sus viajes para Afers Exteriors– que el trascendental descubrimiento de los fósiles del Homo catalaunicus fue, en su momento, perversamente ocultado al conjunto de la comunidad científica internacional a causa de las torticeras maniobras de un grupo de agentes del CSIC español, dirigidos por Juan Luis Arsuaga y José María Bermúdez un día que Eudald Carbonell estaba distraído grabando un capítulo de Sota Terra; sin embargo, hay motivos de peso para dar por seguro que algunos fragmentos del material genético de esa primigenia especie han pervivido hasta hoy en las cadenas de ADN de catalanes tan ilustres como Jordi Pujol, Félix Millet, Jordi Montull, o el cantante calvo de Els Pets.

Sin embargo, hemos conseguido finalmente averiguar que el auténtico objetivo de nuestra intrépida Indiana Forcadell no era otro que el legendario santuario de Lalibela, con la intención de desvelar la certeza de la leyenda apócrifa según la cual, entre los dos querubines de oro de la cubierta del Arca de la Alianza que los leales monjes etíopes custodian celosamente en su interior desde los tiempos del Rey Salomón, se distingue la nítida y clara inscripción de una senyera estelada, la más antigua de la que existe constancia en la Historia. Lo cual confirmaría, sin lugar a dudas, que nosotros los catalanes somos el auténtico Pueblo Elegido, y que únicamente nos falta –ahora que l’honorable President Mas parece haber pasado temporalmente a la reserva, por culpa de las gazmoñerías charnegoides de esos fariseos de la CUP– un nuevo Moisés que nos lleve, por fin y para siempre, a la Ítaca prometida.

One thought on “Indiana Forcadell, en busca de la estelada perdida

  • No la trobarà pas a Etiòpia. Cal que la busqui a l’Índia. És una indocumentada. Si hagués llegit al nostre insigne savi Pompeu Gener sabria que els catalans som intel·ligents, treballadors, simpàtics i guapos; es a dir: ARIS. No com els espanyols que són semites i berbers, o sigui, tontos, ganduls, antipàtics lletjos. L’Oriol si que l’ha llegit i sap que els nostres gens són ben diferents dels d’ells.

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