Que el Charneguito de Santako compare a Irene Montero con Pasionaria demuestra lo jodida que está la izquierda española
En el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Qué sabia es la sabiduría popular, hasta cuando es sabiduría de Perogrullo. Y que Gabrielillo Truhán, digo Rufián, se haya convertido en la gran esperanza blanca de la izquierda española (o la esperanza arcoíris, para ser políticamente correctos en tiempos de tiquismiquismos posmodernos, que a mí no me gusta decir eso de woke porque es lo que dicen los fachas para referirse a todo lo que no les gusta), creo que habla alto y claro de lo mal que debe estar la izquierda y de lo jodida que está España.
Y es que a mí me duele España, como a Unamuno y a los de la Generación del 98, que no es que quiera yo compararme. Y sobre todo me duele la izquierda, que es donde algunos todavía tenemos el corazoncito. Y no me duele sólo de ahora, que me duele desde hace tiempo. Vaya: que me duele casi casi desde que me hice de izquierdas, o sea, desde que me nació la conciencia, como decía Rigoberta Menchú, o desde que eché luces, como decía mi abuelo, si es que alguna vez las he echado.
Porque es lo que tiene ir haciéndose viejo, que ves pasar el tiempo y a veces ves que las cosas no avanzan ni progresan ni mejoran sino que van p’atrás como los cangrejos, y te entran las nostalgias. Y no, yo no voy a decir como dicen los niñatos medio analfabetos esos que salen ahora en tik tok y por las redes sociales, que con Franco vivíamos mejor y que él inventó la Seguridad Social y las vacaciones pagadas y que todo el mundo tenía trabajo y que no se te metían okupas en casa ni te atracaba un mena por la calle. Que sólo por decir eso ya se merecerían tener que emigrar a Alemania con una maleta de cartón o trabajar trece horas seguidas en una obra para malvivir en una habitación realquilada o tener que construirse una chabola en Torre Baró con sus manos o pasar calentitos un par de noches en los calabozos de Vía Layetana o que les aplicase la Guardia Civil la Ley de Fugas. Por bocas.
Porque ser analfabeto es una desgracia, una desgracia muy grande, y a mí se me saltan las lágrimas cada vez que pienso que mi abuela no sabía leer ni escribir y que a mi madre no la mandaron nunca a la escuela, y que mi padre con nueve años estaba ya con el ganado en el monte y que un mulo le partió de una coz la barbilla, que si le llega a dar en la sien lo deja tieso en el sitio y no estaría yo ahora aquí dándole a la tecla, y en los esfuerzos que ellos tuvieron que hacer para que yo fuese a la Universidad y no tuviera que ganarme la vida vareando aceitunas ni apretando tornillos como ellos. Pero ser analfabeto por gusto y además estar orgulloso de ello, como todos esos influencers que dicen que el cambio climático es mentira y que los inmigrantes vienen a invadirnos y a violar a nuestras mujeres y que la Tierra es plana y que no hemos llegado nunca a la Luna, debería ser delito de lesa humanidad y castigarse con pena de prisión permanente revisable sólo redimible a base de lectura y de horas y horas de rehabilitación en una biblioteca.
Ser analfabeto por gusto y estar orgulloso de ello, como esos influencers que dicen que el cambio climático es mentira y que los inmigrantes vienen a invadirnos y a violar a nuestras mujeres, debería castigarse con pena de prisión permanente revisable
Y vaya, que en ésas estamos. En que la burrez y el facherío avanzan por todo el mundo mundial como una plaga de langosta. Y, si hace pocos años nos rasgábamos las vestiduras porque en Francia se jugasen la presidencia entre un estirado antipático de la derechona clásica y una demagoga incendiaria de la extrema derecha postfascista, ahora ya hasta nos parece un alivio, o se lo parece a algunos, que en Hungría gane las elecciones un ultraconservador pro-Bruselas en lugar de un ultraconservador pro-Putin, aunque en el fondo sean los dos igual de fachas.
Y esto amenaza ya con convertirse en tendencia: en Perú, sin ir más lejos, los que van a llegar ahora a la segunda vuelta en las presidenciales son una ultraderechista que le hizo de primera dama a su padre (un dictador corrupto que acabó condenado por violación de los derechos humanos) y un empresario del Opus Dei, todavía más ultraderechista si cabe, al que llaman por mal nombre el Porky, imagínate tú cómo debe ser el tío.
Pero yo decía que lo que me duele es España. Y aquí, en España, la garrulez casposa de Abascal sigue disparada en las encuestas y ya hasta se le sube a la chepa al disléxico sinsangre de Feijoo, ése que se paseaba con narcos y barcos por el litoral gallego, mientras los pilares del sanchismo se caen uno a uno a golpes de ariete con toga, que uno ya no sabe quiénes son peores, si los corruptos de las sobrinas y las chistorras o el desvergonzado facherío togado, que cada vez disimula menos y nos saca más cargada la balanza de la Justicia.
Y frente a eso, la nada. Porque con eso empezábamos: con lo mal que tiene que estar lo que en tiempos llamábamos –con esperanzas– la izquierda transformadora, para que lo más ilusionante del panorama izquierdoso sea el talking show del otro día entre el Rufián y la Montero, que vaya par de figuras. El Charneguito de Santako, al que ficharon los de ERC para ampliar la base social del Procés por los barrios castellanufos del cinturón de Barcelona, y cuyo capital político consiste en saber poner caras de malote e insultar a sus oponentes con suficiencia barriobajera, y la marquesita de Galapagar, que de becaria sin experiencia saltó directamente al Gobierno ya sabemos por qué y por quién, y cuyos mayores logros en tres años de ministra fueron dividir y enfrentar al movimiento feminista gracias a su Ley Trans, y que sacaran de la cárcel a más de cien violadores (y otros mil y pico tuvieran sustanciosas reducciones de pena) gracias a su desastrosa Ley del Sí es Sí. “Es la Pasionaria de la izquierda actual”, dicen que Rufián dijo de Montero. Mare de Déu Senyor. Si Pasionaria levantara la cabeza.
Los mismos que defenestraron a Cayo Lara y a Paco Frutos son los que ahora hablan de unidad de la izquierda, tras haberse limpiado el culo con cien años de luchas del movimiento obrero
Con lo que la izquierda ha sido en este país. Habiendo tenido figuras de la talla intelectual de Jordi Solé Tura, de Manuel Sacristán, de Paco Fernández Buey, de José María Valverde, de Manuel Vázquez Montalbán, de Lolo Rico. Con líderes de la capacidad y la coherencia de Julio Anguita, de Dolores Ibárruri (la Pasionaria de verdad), de Gregorio López Raimundo, de Paco Frutos, de Cayo Lara. A Frutos y a Lara los crucificaron y defenestraron algunos de los mismos que ahora tratan de medrar en los restos del naufragio, y que hablan de unidad para frenar a la ultraderecha: las Colaus, los Domènechs, los Garzones, los Pisarellos. Los mismos que creyeron que la historia de la izquierda comenzaba con el 15M, y que el 15M era lo mismo que ellos. Y que se limpiaron su diarrea mental con cien años de luchas del movimiento obrero.
En fin. Que a veces dan ganas de que se hundan ya del todo para que en su lugar salga algo nuevo. Pero nuevo de verdad. O sea: una izquierda como las de antes. Que aunque parezca una contradicción, yo ya me entiendo.
Marc Garrido Orce
Barcelona, 15 de abril de 2026
