Felipe V arenga a las tropas austracistas

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FELIPE V SE EQUIVOCA DE BANDO Y ARENGA A LAS HUESTES AUSTRACISTAS CONGREGADAS EN EL “PLA DEL PALAU” DE BARCELONA.

Su majestad salva la vida al ser confundido con el bufón mercenario Toni Albà.

Barcelona, 27 de septiembre de 1716

El pasado día 22 de septiembre, y hallándose en la muy noble ciudad condal de Barcelona (que por esas fechas acababa de celebrar el segundo aniversario de su feliz reincorporación a la obediencia debida a la Corona, tras catorce años de desgracias y calamidades debidas a la injusta guerra que trajo hasta nuestras tierras el pretendiente don Carlos y sus aliados ingleses, holandeses y alemanes), Su Majestad el Rey Don Felipe V de Borbón sufrió un leve trastorno transitorio y, por error, se dispuso a arengar a las tropas en una plaza de la ciudad donde se había congregado una gran multitud de renegados austracistas que acababan de ser puestos en libertad, tras un período de internamiento en los calabozos del vecino castillo de la Ciudadela.

El monarca, ante la estupefacción de los presentes, y creyendo que se hallaba ante un regimiento de sus leales tropas, se subió a una tarima improvisada y comenzó un deshilvanado discurso en el que mezclaba, sin ton ni son, cuestiones tales como la independencia nacional, la política de los cabildos municipales, los vendedores ambulantes, Santa Eulalia, la Coronela… sin que en ningún momento llegase a articular ideas claras ni comprensibles, ni pareciese darse cuenta de la grotesca imagen que estaba dando.

Según informaron los físicos habituales de la Corte, Su Majestad se hallaba bajos los efectos de la medicación que suele administrársele para combatir sus frecuentes períodos de melancolía (elaborada a partes iguales con láudano, adormidera, cornezuelo del centeno y Anís del Mono), y ello le hizo no sólo perder la orientación, sino también hablar y comportarse de un modo absurdo e incoherente; lo cual, paradójicamente, fue lo que le salvó la vida, pues los fanáticos maulets allí reunidos le confundieron con el bufón mercenario Antoni Albà de Casanovas, que guarda con el monarca un parecido realmente asombroso, y que se había hecho muy popular entre las huestes austracistas gracias a sus chuscas imitaciones del Borbón, tan generosamente subvencionadas siempre por la corte del Archiduque Carlos (al que algunos, a causa de su afición a las montañas de su Tirol natal, llaman también “el Puigdemont”.)

Interrogada la guardia sobre cómo Su Majestad el Rey podía haber salido de palacio sin protección y sin que nadie se alarmara por ello, respondieron que ésa era una práctica muy habitual de todos los Borbones, que por ser muy campechanos disfrutan mezclándose con el populacho sin séquito ni protocolo, y que además el monarca había hecho mucha amistad con una matrona de muy buen ver del vecindario, llamada Montserrat Barbará García, pero a la que todo el mundo ya llamaba, por lo mismo, “Bárbara la del Rey”.

Según informaciones no confirmadas, a la misma hora habría sido visto por la Plaza de San Jaime de la misma Ciudad Condal un peligroso elemento subversivo que responde al muy plebeyo nombre de Javier Pérez, natural de la villa de Andújar, sospechoso de herejía y desafección a la Corona y amigo de un peligroso pirata conocido como El Corsario de Hierro, y del que se sospecha que podría estar escribiendo incendiarios pasquines con la intención de soliviantar a las masas de menestrales y campesinos. Puestos los hechos en conocimiento del Santo Oficio, ya se han impartido las órdenes pertinentes para que el peligroso forajido no pueda acogerse a la protección de la Iglesia en ninguna parroquia del reino, se le niegue alojamiento en hosterías y posadas, y, en caso de hallársele cadáver, no sea bajo ningún concepto enterrado en tierra sagrada. A menos, claro está, que reniegue de sus peligrosos errores y abrace de nuevo la Fe única y verdadera, como deben hacer todos los hombres de bien si no quieren ser considerados enemigos, desleales, traidores, botiflers y charnegos.

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